Despropósito

Escrito por  Feb 18, 2018

La reflexión que externó ayer el presidente del PRI estatal, Heriberto Huicochea Vázquez, en el sentido de que las reformas estructurales impulsadas por el presidente Enrique Peña Nieto no han sido comunicadas con efectividad entre la población, es, por lo menos, ociosa.

Si se dimensiona la envergadura de las reformas estructurales que tenía pensado llevar a cabo el gobierno de Peña Nieto, no hay más que concluir que le faltó cuidar los otros elementos de su gestión, a efecto de que ninguno de ellos llegara a constituir un problema de magnitud tal que descarrilara su objetivo central.

Pero no lo hizo.

Desde que era candidato, o incluso desde antes, Peña Nieto sabía que al empujar un conjunto de reformas constitucionales de tal calado concitaría una reacción vigorosa de otras fuerzas políticas del escenario, de modo particular la izquierda. Y para eso se preparó. Por eso decidió no impulsar las medidas sólo con el PRI, sino que llamó a los otros dos principales partidos, uno de izquierda y el otro de derecha, para acordarlas al más alto nivel y de ese modo lograr que su tránsito por las cámaras del Legislativo fuera terso y seguro.

Pero dejó al garete lo demás, de manera muy notoria el tema seguridad pública y el salarial, dos de las principales causas de angustia de los mexicanos. En el primero, en cuanto llegó a la Presidencia cesó la persecución a los capos criminales y los dejó hacer a sus anchas.

No hizo lo que expertos esperaban: cambiar la guerra abierta de Calderón por otra de bajo perfil, pero de más inteligencia, que permitiera detener a los cabecillas de las bandas. Por tanto, su gobierno hizo como que no vio los problemas que derivaron de ello. El ejemplo más claro es la desaparición de los 43 de Ayotzinapa en Iguala: todo mundo sabía que en esta ciudad desaparecían personas; era un secreto a voces. Para cuando llegaron los normalistas a apoderarse de autobuses para ir a las manifestaciones por el 2 de octubre, ya habían desaparecido ahí unas 500 personas. ¿Y qué hacía la autoridad ante semejante barbaridad? Nada. Tal vez el objetivo de esta inacción inexplicable es que el gobierno no fuera visto como promotor de la violencia, quizá en la idea de que el PAN perdió la Presidencia debido a la guerra desordenada que emprendió Felipe Calderón contra los grupos criminales y que dejó un reguero de cadáveres por todo el territorio nacional.

Y ahora, precisamente por eso, por no someter a los criminales, por no acotarlos, el PRI está con un pie fuera de Palacio Nacional y las reformas están en riesgo.

Por lo que toca al salario mínimo, baste recordar que las iniciativas para aumentarlo no surgieron del seno del gobierno federal, y que éste apenas empezó a hacerse cargo del problema el año pasado, cuando el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilizó los paupérrimos salarios mexicanos para argumentar a favor de terminar el Tratado de Libre Comercio.

El gobierno de Peña Nieto ha dejado ir cinco años para hacerse cargo de la violencia de los grupos criminales; y dejó pasar cuatro años para hacerse cargo del otro gran problema de los mexicanos: los salarios.

Pero es ahora precisamente cuando Huicochea plantea la necesidad de una campaña que reivindique los logros de la administración federal.