Lo prohibido invita

Escrito por  Mar 12, 2018

La entrega a la Nunciatura Apostólica de Piedras Negras, Coahuila, de una lista de 17 sacerdotes que “pertenecen a una red de pederastas” y el nombramiento reciente hecho por el papa Francisco de nueve comisarios para que se incorporen a la Comisión Pontificia para la Protección de Menores, algunos de ellos víctimas de abusos de religiosos, mueve a algunas reflexiones.

El abuso sexual en la Iglesia católica persiste a raíz de la obstinación de sus líderes a someter a sus integrantes al celibato.

Se resiste a tomar en cuenta que la sexualidad es una necesidad que el ser humano debe satisfacer con prioridad, como las de alimentarse, dormir y tener una actitud mental positiva, signos considerados como básicos para un buen vivir.

Cerrar la puerta a cualquiera de estas necesidades, incluida la sexual, conduce a buscar la manera de satisfacerla, no siempre de la manera más adecuada.

No depende de si la persona es buena o mala; es simplemente que, si tiene hambre, debe de comer; si siente sueño, deberá dormir; si está cansada, necesariamente habrá de descansar, y si siente la necesidad de desahogarse sexualmente, buscará la manera de hacerlo, así sus reglamentos se lo prohíban.

En otras palabras, no se puede retener el agua en una presa porque, si no le construyen mecanismos para su desfogue, más temprano que tarde romperá el dique y arrasará con cuanto encuentre a su paso.

En el caso de los sacerdotes, son sobre todos los niños que les han confiado los padres de familia los que pagan la prohibición que reprime su sexualidad; es, pues, como impedirles que coman cuando tienen hambre, o que duerman cuando tienen sueño.

Si cuando los ataca el hambre carecen de alimento, lo conseguirán a como dé lugar; si cuando los domina el sueño, no hay posibilidad de dormir, en cualquier resquicio se acomodarán, y en el momento que llega la libido, atacarán a quien tengan más cerca, sobre todo si no puede defenderse.

Los cambios que ha llevado a cabo hasta ahora la Iglesia resultan irrelevantes, como el hecho de no impedir más que las mujeres ingresen a los templos con la cabeza descubierta y que los sacerdotes tengan ahora que oficiar misa colocándose de frente a los feligreses.

El día que les permita tener pareja, les evitará la necesidad de buscar satisfacción entre infantes, seminaristas y mujeres de la feligresía, y eliminará de paso la doble moral.

De todas maneras, aunque lo prohíban, no pocos son los sacerdotes que tienen mujer e inclusive hijos; por consiguiente, mejor sería tomar en cuenta esta realidad.

Vigilar y reprimir no es, desde luego, la mejor manera de eliminar los abusos sexuales; hacerlo es autoengañarse y aparentar que la Iglesia combate estas prácticas. Posiblemente las combate, pero sin ganas de erradicarlas. n