Reunión misteriosa

Escrito por  Abr 17, 2018

Resulta muy extraño el encuentro entre el obispo Salvador Rangel Mendoza, titular de la diócesis Chilapa-Chilpancingo, y el secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete Prida, si se ve la situación desde la narrativa del prelado.

Si, como asegura, no le pidieron que se callara; si tampoco lo amonestaron por el encuentro que sostuvo con el narco; si le hicieron ver que no había cometido ninguna falta, “ni electoral, ni en otro sentido”, entonces ¿para qué lo llamaron?.

¿Fue sólo para invitarlo a “caminar juntos”?

Suena raro, por demás, que un día se haya entrevistado con Navarrete Prida y al siguiente con otros funcionarios de la misma dependencia federal, teniendo con uno y con los demás reuniones “positivas, agradables, de mucha cordialidad y confianza”, en las que le notificaron y reiteraron que nada tenía la dependencia en su contra, además de invitarlo en cada encuentro “a caminar juntos”.

Rangel Mendoza no es de los que se quedan callados. Y si en adelante opta por replegarse en su habitual comportamiento y guarda silencio, dejará entrever que la “exhortación” a caminar juntos consistía en no seguir levantando polvo, porque, en verdad, cuanto ha venido haciendo y diciendo ha causado controversia que hace quedar muy mal al gobierno, cuya incapacidad y fracaso exhibe en el combate a la delincuencia organizada.

Evidentemente, y así lo confirma el obispo, fue la actuación de un grupo de abogados y otro de masones, lo que motivó la intervención de Gobernación.

 La polémica, apunta Rangel Mendoza, se derivó de “la calentura del Colegio de Abogados de Acapulco, que, yo digo, enseñaron el cobre”, cuando comentaron que violó la Ley de Asociaciones Religiosas. Ironizó: “Yo creo que esos amigos salieron del clóset”.

Acusó que “los de las sectas masónicas de Guerrero son los que están echándole leña a uno, queriéndolo inculpar, pero yo con esos señores no tengo que ver nada”.

Luego, pues, o Gobernación incluyó en su agenda durante dos días al obispo sólo para calmar los ánimos de abogados y masones, haciendo como que lo metía en cintura sin hacerlo realmente, o lo tratado con monseñor lo guarda tan celosamente que no se atreve a divulgarlo.

Ya una vez, a raíz también de sus denuncias contra el gobierno por mantenerse omiso frente al crimen, funcionarios estatales se reunieron con él para pedirle que ya no hablara más del tema. Así pactó, pero no respetó el acuerdo, y al poco tiempo retomó los señalamientos, incomodando a las autoridades.

“Me pidieron que ya no hablara”, reconoció entonces.

Expresa ahora que sólo lo invitaron a caminar juntos. De quedarse callado, estará mandando el mensaje de que, efectivamente, obispo y gobierno caminan de la mano, transitando Rangel por un camino que se negaba a tomar: el del silencio y la omisión; el de un pastor que sólo atestiguará cómo sus ovejas van quedando en el camino entre charcos de sangre. n