El estercolero de la historia

Escrito por  Jul 29, 2018

La más reciente vileza cometida por el régimen no sólo dictatorial, sino también tiránico, de Daniel Ortega Saavedra y su esposa, Rosario Murillo –el despido de al menos una docena de trabajadores de la salud que laboraban en un hospital público, en la ciudad de León, por haber curado a manifestantes que resultaron lesionados por las fuerzas del gobierno en una de las tantas refriegas que ocurren todos los días en Nicaragua en la actual preguerra civil–, ha acabado por situar a ese Estado más cerca del somocismo que del sandinismo.

La decisión gubernamental, que implica la pretensión previa de abandonar a su suerte y, eventualmente, dejar morir a los lesionados, llama la atención por cuando es indicativa de los desvaríos de un dirigente que no pone freno a su hambre de poder, ni a sus instintos básicos, en su rodada hacia el lodazal, hacia el estercolero de la historia.

Su antecesor, Anastasio Somoza Debayle, fue definitivamente abandonado por el gobierno de Estados Unidos, encabezado entonces por Jimmy Carter, cuando los medios de comunicación de ese país difundieron la escena de cuando uno de sus soldados ordenó a un corresponsal de guerra arrodillarse frente a él y le dio un tiro en la cabeza.

La escena fue videograbada por el camarógrafo que acompañaba a ese corresponsal, y enviada a su televisora.

Ese acto de barbarie marcó el principio del fin del régimen somocista.

Ahora el sistema que le sucedió ha cometido su propio acto de barbarie, y quién sabe cuántos más habrá de cometer antes de caer, si es que esto ocurre.

En un desvarío no imaginable en el hombre que condujo una revolución, Ortega Saavedra acusa a la Iglesia católica nicaragüense de golpista, y sus paramilitares no se detienen ante las puertas de los templos para entrar por quienes el dictador considera enemigos del régimen, pero que son simples ciudadanos, la mayoría adolescentes y jóvenes, que sólo piden que el tirano se vaya.

Cuando recién había triunfado la revolución encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, el enemigo a vencer era el omnipresente gobierno imperialista estadunidense. La revolución tuvo que defenderse por años de los contras financiados por la Central de Inteligencia Americana.

Hoy el sueño de los revolucionarios nicaragüenses ha muerto, y no por causa de ese enemigo histórico, sino por causa de la corrupción y la degradación moral a las que el dirigente de esa revolución abrió las puertas de par en par.

En redes sociales en México es usual leer que los mexicanos no pueden estar peor. Pero el hecho es que sí podrían estar peor, mucho peor. n