Atrapados por la pantalla

Escrito por  Javier Soriano Guerrero Oct 01, 2017

Los inventores, cuando crean sus obras, tienen claro el objetivo para su uso y aplicaciones; desgraciadamente, después se pervierte la utilidad de las cosas y, a veces, terminan haciendo más daño que beneficio.

Por ejemplo, es el caso de Robert Oppenheimer, quien es considerado uno de los creadores de la bomba atómica.

Cuenta la historia que, en una ocasión, le preguntaron si no sentía remordimientos porque su invento había causado muchas muertes. Él contestó que no, porque su objetivo había sido otro, pero que el ejército lo había utilizado para causar muerte y, en este caso, es al ejército a quién debían hacerle esa pregunta, dijo.

Esto viene al caso porque desde que aparecieron las computadoras y los teléfonos celulares se ha ido perdiendo el sentido de la convivencia que teníamos los humanos. Cada vez nos volvemos más tecnológicos, y lo presumimos; entre mejores aparatos poseamos más importantes nos sentimos, sin darnos cuenta que nos estamos encerrando en un círculo, cuyo centro es el aparato telefónico celular.

Recuerdo que, hace algunos años, cuando éramos niños, jugábamos todos los vecinos en la calle, compartíamos juegos, risas, bromas y hasta peleas, pero era parte de la armonía que privaba en la sociedad. Éramos más inocentes.

Todo se desarrollaba al aire libre, había más contacto humano con los familiares, con los vecinos, con los compañeros de trabajo, en fin, más relaciones sociales, más interacción entre todos.

Pero llegó, primero, la computadora, que, con su ratón, nos atrapó y nos convirtió en esclavos de la tecnología, con el internet y sus juegos, volviendo viciosos principalmente a los jóvenes, que empezaron a perder el contacto humano con sus familias, sus vecinos y con sus compañeros de escuela. Ya las relaciones se establecían a larga distancia, por medio de la computadora, encerrado cada quien, en cuatro paredes, desde su casa.

Posteriormente, llegó el teléfono celular, que, en vez de acercarnos a la gente, nos distanció, pues ya era más fácil hacer el contacto donde quiera que estuviera, tanto uno como el otro, sin necesidad de vernos las caras.

Conforme va pasando el tiempo, más funciones y aplicaciones le añaden a los aparatos celulares, haciendo que la gente se envicie con estos dispositivos, haciendo una nueva especie de adicción.

Todos los días, a todas horas y en todos los sitios imaginables, se ven personas hipnotizadas por las pantallas de sus celulares, con las caras serias creyendo que son felices al estar conectados a las redes sociales, tomándose y compartiendo las selfies.

Ahora, las relaciones de amistad y familiar se desarrollan a través de las redes sociales; para esto, debes contar con un buen aparato que tenga acceso a estos sitios, si no estás conectado a las redes sociales, no existes, eres discriminado en tu entorno, por no estar acorde a los avances tecnológicos. Vives en la prehistoria, digamos.

Los padres les compran a sus hijos tablets o celulares como regalos de cumpleaños, a niños que apenas empiezan a hablar o a caminar, siendo que, según especialistas, la edad ideal para que un menor pueda tener y manejar estos aparatos es a los doce años, pero se le compran estos dispositivos desde pequeños para que se entretengan y no nos estén molestando, iniciándolos, así, casi desde la cuna, a volverse adictos al aparato, volviéndolos más huraños y solitarios.

Esta semana que termina, leí un artículo en Internet, a propósito, donde señala el autor que, en los parques, en los jardines, en los centros de diversión, la gente está más concentrada en sus pantallas del celular que en los juegos y las instalaciones de los lugares que deberían servir de distracción. Las personas se muestran serias frente a sus dispositivos, dirigiendo rápidas miradas a sus hijos para vigilarlos, pero concentrándose más en sus celulares o tablets.

El pequeño invento está destruyendo la vida social en todo el mundo, una vida que se mostraba más alegre, más divertida. Este dispositivo está creando zombis. Ningún país se salva, todos estamos conectados, para bien o para mal.

De pilón, hasta para conseguir novia hay que recurrir a las redes sociales con el aparatito. No sé qué placer o emoción pueda sentir el hombre o mujer que se relaciona de este modo, aunque sé de casos donde se han llegado a casar. Lo que desconozco es si esos matrimonios perduran o son efímeros.

Se dice que los años desde 2010 han estado marcados por aumentos estadísticos en la depresión adolescente y en las tasas de suicidio, así como una disminución en los niveles de felicidad y satisfacción con la vida, algo posiblemente reflejado en la actualidad.

Es tanta la adicción que se tiene al celular que, si se olvida en casa o se pierde en la calle, se siente uno como en un desierto, donde nadie lo puede localizar. Esta sensación no existía hace algunos años. La gente era más libre.

De la información falsa que circula en las redes sociales y en internet para engañar a incautos, esa es otra historia.

Mientras, limitemos el tiempo que utilizamos este aparato que nos ha quitado vida social y está acabando con las relaciones humanas.

Mejor apaguemos el celular y prendamos un buen libro.