Las opciones de Peña Nieto

Escrito por  Ginés Sánchez Nov 07, 2017

El presidente Enrique Peña Nieto se encuentra en la encrucijada que supone la decisión más importante de su sexenio, que era por completo trascendental para el país antes de la llegada del pluralismo y la alternancia, a finales del siglo pasado.

Aun así, vemos ya ante nuestros ojos el juego del tapadismo priísta, con todo y su tradicional cargada al que pareciera, a la luz de no pocos, ya el ungido, siendo incluso ya abiertamente destapado por no pocos actores políticos de relevancia nacional, tanto miembros del tricolor como de la oposición.

Ante este escenario, olvidan muchos que la decisión no está tomada todavía, por más que muchos pretendan transmitir esa percepción; Enrique Peña Nieto no carece de la perspicacia para interpretar la situación, y el no usar su mano izquierda, utilizando el argot taurino, para dejar, engañosamente, que ciertas versiones corran, supondría un grave error que lo haría ser percibido como un presidente bastante previsible, hasta algo débil, completamente moldeable a la conveniencia, no del país, sino de ciertos grupos con intereses propios y de todo tipo, no necesariamente alineados al de la colectividad, tanto nacionales como extranjeros. Además reconocería explícitamente el también llamado amasiato entre el PRI y el PAN (PRIAN) en lo general, y entre Felipe Calderón y Peña Nieto en lo particular, que viciaría más el ambiente político de polarización que prevalece desde el 2006.

El Presidente tiene opciones y cartas muy valiosas, que podrían meter al PRI –dado el escenario de fractura en las demás fuerzas políticas– de lleno a la pelea presidencial, y podemos mencionar a dos en particular: el doctor José Narro Robles, secretario de Salud y ex rector de la UNAM, y el titular de Turismo, Enrique de la Madrid Cordero, ambos ideológicamente mucho más cercanos a la esencia de su partido y a lo que el país y los electores demandan, y lejanos a un partido que tiene clara la afinidad del secretario de Hacienda, José Antonio Meade, que nació precisamente como reaccionario al instituto político emanado de la Revolución Mexicana.

Centrándonos en el segundo prospecto, es decir Enrique de la Madrid, sus puntos a favor son apabullantes a los que se pudieran enumerar eventualmente como negativos: egresado de la UNAM, pero también con formación financiera en el extranjero, combinación que lo ha llevado a desempeñarse de manera sobresaliente en el sector público, refleja en su perfil un equilibrio político-ideológico que llegaría como bocanada de aire fresco al debate nacional que se avecina con motivo de la cada día más cercana sucesión en 2018. Hijo, además, del último presidente que defendió al nacionalismo revolucionario, si bien ejecutó una serie de cambios que eran impostergables dado el giro que experimentó el escenario geopolítico de esos años, y en cuanto a su estilo personal de gobernar, un presidente sobrio y austero, como no se veía, quizá, desde la administración de Adolfo Ruiz Cortines. Esas cualidades se ven también en el actual miembro del gabinete peñista, quien, por ejemplo, emplea vuelos comerciales para sus giras de trabajo, incluso en las aerolíneas llamadas de bajo costo, a diferencia del dispendio de la generalidad de sus pares. Ese rubro pareciera irrelevante, pero no lo es si nos atenemos a la máxima de que en política la forma es fondo.

En cuanto a hechos más concretos, los resultados de su gestión al frente del ministerio dedicado al turismo –actividad que es ya, y será aun más, un pilar en el futuro de México– son espectaculares y no están siquiera en tela de juicio, y su formación y visión de nación se pueden ver también en que no se le puede catalogar como un tecnócrata dogmático, de los que satanizan al Estado como agente económico y pugnan por, ya no su adelgazamiento, sino hasta su debilidad misma, y creen ciegamente en la mágica mano invisible del mercado como la panacea.

Lo anterior expuesto es evidente en un innovador esquema propuesto durante su administración, de coinversión entre la IP y el Estado en la industria hotelera en Huatulco, Oaxaca, con el objetivo de ampliar el número de cuartos en ese destino turístico mexicano.

Ojalá que sea acertada la decisión del presidente, que si bien no es, ni de lejos, producto de caprichos personales, sí supone ser una especie de fiel de la balanza a la hora de la nominación, de ponderar los problemas de la nación. Que no se limite, pues, Peña Nieto a lo previsible, a lo cantado, a lo que se da como un hecho y trasciende en la comentocracia mexicana como algo casi obvio, que es José Antonio Meade el elegido, un político no identificado con el partido tricolor, que tuvo que revelar el supuesto sentido de su voto personal en las elecciones de 2012.

No olvidemos tampoco que los electores son reacios al continuismo, y no sólo en México, sino volteemos la mirada a nuestro vecino del norte y la decisión de sus ciudadanos al elegir a un magnate por completo alejado de las cuestiones de Estado, como Donald Trump. n