El deber ser en la política

Escrito por  Ginés Sánchez Nov 14, 2017

El filósofo griego Platón (427-347 a.C.) sostenía que existe una incompatibilidad entre los hombres virtuosos y el ejercicio del poder publico, entre el “deber ser” y lo que realmente es ya en la practica de responsabilidades tan altas; una dicotomía entre las personas con ideas en torno a un buen gobierno y a las condiciones de ponerlas en la práctica. Para Platón, hombres de este tipo debían ser en esencia filósofos, entregados por entero a una vida contemplativa, que al asumir la tarea de gobernar perderían sus cualidades, porque suponía para él perseguir honores y riqueza, y dejar de ejercer, al tiempo, su vocación, que era fundamentalmente la búsqueda de la verdad.

Ya en épocas renacentistas y, se puede decir, en el extremo opuesto a Platón, pero a la vez con algunas coincidencias, el político florentino Nicolás Maquiavelo, caído en desgracia y convertido en teórico en asuntos de Estado, postulaba que el gobernante básicamente debía buscar y conservar el poder por encima de cualquier noción de ética, so pena de fracasar; quien buscase el combinar virtuosismo con política debía simplemente olvidarse de ello.

Unos siglos más adelante, el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) teorizó acerca de armonizar las visiones, hasta cierto punto contrapuestas, de Platón y Maquiavelo. Según Weber, la ética del estadista práctico al teórico simplemente debe ser distinta, dada la naturaleza de la disponibilidad de los primeros al uso de recursos muy poderosos, como el monopolio de la fuerza pública. Para Weber, pues, el poder legítimo está regido simplemente por una ética de la responsabilidad, y éste no es un fin en sí mismo, sino un medio, no necesariamente separado de la virtud.

En México, en lo que ha transcurrido del siglo, y lamentablemente con coincidencia y más énfasis a partir de la alternancia política, servidores públicos alejados de los escándalos y los abusos del poder son más que escasos, y cercanos a la virtud lo son aun más; nombres podríamos mencionar muy pocos, más aun en una época cercana a temas electorales y sucesorios.

Uno de ellos bien podría ser el secretario de Turismo, Enrique de la Madrid Cordero, quien recién en una entrevista en televisión precisamente se refería a la posibilidad de que una persona honesta y capaz sí puede (y debe) llevar sus cualidades personales al ámbito del servicio público y desempeñarse con honestidad, eficiencia y eficacia.

Sin ambages, en la plática mencionada, se refirió a políticos corruptos, como los que por desgracia hoy abundan, y en todos los partidos, como unos idiotas.

Otro político un tanto polémico es Andrés Manuel López Obrador. Ha sido investigado con lupa, sin duda como ningún político en la historia de México, pero no se le ha podido demostrar conducta aberrante alguna.

Otros de los pocos nombres que, a botepronto, se me vienen a la cabeza, son los del gobernador panista de Chihuahua, Javier Corral, y del director del IMSS, Mikel Arriola, quienes nos enseñan cómo el oficio de la política no es condición sine qua non de conductas y prácticas decadentes.

Seguramente hay más nombres y los omito, pero por desgracia son los menos. Ojalá que los partidos políticos puedan elegir a hombres y a nombres más cercanos a esos perfiles ya mencionados, tanto para elevar la calidad del debate político como para dignificar la política en México, actividad tan devaluada y vilipendiada que tendría que ser desempeñada por exponentes muchísimo más dignos de hacerlo. n