Cosmogonía prehispánica

Escrito por  Ginés Sánchez Feb 18, 2020

La repetición del número 400 en la cosmogonía prehispánica en el centro de lo que ahora es México es de llamar la atención, desde el famoso poema atribuido al rey Nezahualcóyotl, que aparece en los billetes actuales de 100 pesos aludiendo al cenzontle, ave de inigualable y hermoso canto, el de las “400 voces”, que de esa etimología proviene su nombre, hasta los 400 dioses del pulque o 400 conejos “centzon-totochin”, relacionados a la embriaguez, y no sólo a eso, sino también a las dualidades sueño/vigilia y ofuscación/lucidez, y aun a la muerte misma, siendo por sobre todo un vínculo con lo divino; de ahí que, entre otros sitios, la pirámide del cerro del Tepozteco, en Morelos, esté consagrada al pulque y su principal deidad, Ometochtli, pasando también el citado número por la conocida leyenda del nacimiento de Huitzilopochtli, producto de un embarazo fortuito de su madre, la diosa Coatlicue, debido a una hermosa bola de plumas que guardó en su vientre, quedando así embarazada (no deja de llamar la atención la similitud con el pasaje bíblico del espíritu santo y el nacimiento de Cristo), donde sus 400 hijos, llamados surianos, y su otra hija urden un plan para asesinarla, donde uno de los hermanos arrepentido va y alerta a su madre, naciendo así Huitzilopochtli ataviado con las armas suficientes para desmembrar a la Coyolxauhqui, quien se convirtió en la Luna, y matar a la mayoría de sus 400 hermanos, y los que se salvaron huyeron, convirtiéndose todos en las estrellas del firmamento o las centzon huitznahua, o “las 400 estrellas del sur”.

El número 400 también aparece en las crónicas del antiguo juego de pelota prehispánico, donde se representaba la guerra celeste y el hombre devoraba a las estrellas, y al volver a salir el sol el hombre vuelve a ser el representante principal terrestre del cosmos, en una visión antropocentrista del universo.

Otro mito, este fundacional de la vida en la tierra, es del de la caída del cielo de un cuchillo de pedernal, que cae en 1,600 pedazos (1,600, múltiplo de 400), siendo los primeros seres en la Tierra provenientes de una especie de “paraíso en decadencia”, relacionado también con los llamados 400 mimixcoa o 400 serpientes de nubes que, en la misma mitología mexica, eran la personificación misma de las estrellas septentrionales o del norte.

Todas estas míticas historias a veces se interrelacionan unas con otras; el caso es que el número 400 es clave en el sistema de numeración mexica, y esto no es ninguna sorpresa en sí mismo, porque el sistema utilizado por esta civilización era el vigesimal, cuyos números base son 1, 20, 400, 8000; sistema de numeración usado en sus transacciones comerciales y tributarias, tal como consta en los códices y las relaciones.

Este sistema se observa hasta en la representación de los días del año (20 x 18 = 360), al cual sumaban cinco días a manera de ritual. En este caso la operación es cuasivigesimal. El sistema vigesimal en cuestión y su enorme abstracción y complejidad forzosamente tienen que estar relacionados con la distancia que guardan la Luna y el Sol, 400 veces nuestro satélite más cerca de la Tierra que el Sol, a la vez de que la Luna es 400 veces más pequeña que el Sol, lo que hace que desde nuestra perspectiva en la Tierra aparenten ambos cuerpos celestes tener exactamente el mismo tamaño. Esto nunca he tenido oportunidad de leerlo en libro o tratado relativo a la cosmovisión prehispánica, ni siquiera ya no digamos como hipótesis, sino ni como una simple observación de la relación que puedan guardar, y que es más que plausible, ya que son de sobra conocidos sus más que avanzados conocimientos en cuanto a la ciencia astronómica se refiere, mayores incluso que los de la Europa de aquella época.

Otro ejemplo que ilustra esta hipótesis es la división del año en 18 meses, de 20 días cada uno (20 es la raíz cuadrada de 400), para los que deslizan la versión de que simplemente el uso del “400” se refería a algo así como un concepto sólo abstracto, el símil de una mirada, a algo muy extenso, o a “muchos”, difícil de cuantificar con exactitud, esta se cae por sí misma, habiendo números clave en dicho sistema mayores, como el 8,000, donde inicia la cuenta de la tercera potencia matemática, o el 16,000 (Xóchitl), desde el cual comienzan los números elevados a la cuarta potencia.

Como todo sistema aritmético, el vigesimal es infinito, representado este concepto con el nombre de Cempoalli (cuenta eterna), el cual tiene un vínculo con Cempasúchil, flor relacionada a la muerte, y con ello a la eternidad.

No se necesita profundizar mucho para recordar la importancia que daban a los eclipses de Sol las culturas nahuas, y la precisión con que los predecían, ni la relación del conejo con la Luna y la fertilidad, y la del Sol con el renacimiento diario de la vida, representado por la lucha nocturna del dios Huitzilopochtli, para impedir el fin del ciclo de vida-muerte-vida en la tierra; en fin, la importancia toral de la dualidad Luna/Sol en aquellas civilizaciones es incuestionable, de ahí que todo, incluido su sistema numérico, esté basado en este par de cuerpos celestes: uno, una estrella; el otro, un simple satélite de un planeta: el nuestro. n