Lotería de primer mundo

Escrito por  Ginés Sánchez Mar 11, 2020

Desde 1957, que empezaron las obras, hasta 1973, que se inauguró una de las hoy 21 maravillas del mundo hechas por el ser humano, los costos de la obra se incrementaron en más de 15 veces de lo originalmente presupuestado, y vio innumerables obstáculos, que por momentos hicieron que se pensara que dicho portento, símbolo de las artes universales, iba a abortar. Seguro en Australia entre los ciudadanos no hubo retrógrados que criticaran como “absurda” u “ocurrencia” la idea de implementar un sorteo de la lotería nacional australiana para terminar de financiar la megaobra; simplemente se aprestaron a demostrar solidaridad y unidad nacional, y sacar el proyecto adelante, comprando cuantos números de cachitos fuesen necesarios, de acuerdo con las posibilidades de cada uno. Huelga decir que la medida resultó más que un éxito total.

En México, la idea de sacudirse un problema heredado (sí, otro más), como la bestial adquisición de un palacio volador, que había sido avión de pruebas, situación que por necesidad lo devalúa, con sobreprecios y condiciones en los contratos bastante opacas y obscenas para más de 50 millones de mexicanos en la pobreza, por medio de una rifa, vía la lotería nacional, para algunos es “una locura”, o sea el mundo al revés, siendo que lo único demencial de este asunto no es sino su origen.

En este país, la palabra solidaridad se popularizó a raíz del terremoto de 1985, hecho que supuso el doloroso parto de la ciudadanía mexicana, y a la postre, el más significativo paso hacia la transición democrática. El término fue usurpado políticamente y sin miramientos por Carlos Salinas de Gortari, al extremo de pretender equipararlo con la denominación, no sólo de su gobierno, sino inclusive de su persona misma. El presidente López Obrador, sin repetir la palabra, apenas si acaso mencionándola alguna vez, ha enfocado el concurso de sus esfuerzos hacia un clima de solidaridad nacional. Lo demuestran los hechos, y sólo me remitiré a dos muy específicos y simples: la construcción de caminos rurales, prescindiendo de compañías constructoras corruptas y optando por beneficiar por partida doble a las comunidades, dotándolas de senderos que las comunicaran con la civilización, de manera segura y duradera, al tiempo de darles un empleo con una paga justa; el resultado: un rotundo éxito para todos los agentes participantes; el otro es la decisión de quitarse de encima el ya citado problema del armatoste de los cielos presidenciales, bautizado, no sin dejo de burla, como José María Morelos y Pavón, quien pugnaba por “moderar la opulencia y la indigencia”, haciendo partícipes desde el más humilde de los mexicanos, al poder, en familia por ejemplo, contribuir a la causa, comprando un cachito, hasta una reunión con los más importantes empresarios de México, cuya respuesta fue entusiastamente favorable.

La iniciativa del líder de los diputados, el morenista Mario Delgado, de cambiar la ley, para que la Lotería Nacional tenga la oportunidad, con el marco jurídico adecuado, de rifar bienes materiales (sobre todo los incautados, recaudando así más que mediante simples remates), tiene un potencial grandísimo para el desarrollo de este país, de ser utilizado de una manera óptima. Se podrían financiar desde proyectos específicos necesarios y hasta estratégicos para el país hasta temas tan lastimados y generales como el sector salud (caso específico de la tan mencionada rifa del avión presidencial). Para todo esto se necesita imaginación, y parece cristalizarse aquella consigna de los movimientos estudiantiles a nivel internacional de 1968: “la imaginación al poder”.

Eso, no cualquiera; basta ver la reacción, no carente de soberbia, de la respuesta del secretario de Comunicaciones y Transportes, el ingeniero Javier Jiménez Espriú, al ser cuestionado (e informado) por un reportero de la entonces sólo propuesta presidencial del sorteo, quien le responde y lo mira como si la iniciativa fuera algo estúpido, cuando realmente está mucho más cercana a una genialidad; esto demuestra que no cualquiera posee el talento para gobernar, así se trate de los más reputados ingenieros civiles de este país.

Bien, estos sorteos innovadores de la Lotería Nacional están cerca del espíritu de las ideas de Ernesto Che Guevara, de sus jornadas de trabajo voluntario, lo cual en México se traduciría en una suerte de impuesto voluntario; un esfuerzo solidario, como por ejemplo el que ya lidera la iniciativa privada desde hace varios lustros, con la fundación Teletón.

Habrá éxito en estos innovadores afanes, no tengamos ninguna duda. n