Fruto prohibido

Escrito por  Ginés Sánchez Sep 08, 2020

La reelección presidencial en México ha sido históricamente el fruto prohibido, desde la última vez que se consumó con reelección, en 1910, del presidente Porfirio Díaz. Curiosamente, éste se sublevó antes contra Benito Juárez bajo el lema “sufragio efectivo, no reelección” con el plan de La Noria, y después contra Sebastián Lerdo de Tejada con el Plan de Tuxtepec. Después de tres décadas de porfiriato, el lema de Madero vuelve a ser el mismo: “sufragio efectivo, no reelección”.

Ya con la caída de don Porfirio ha habido algunos intentos de reelección; unos, directos; otros, por medio de terceras personas; pero todos, a la postre, han fracasado al final.

El primero fue Obregón, que incluso logró que el Congreso cambiara la Constitución para derogar la prohibición para reelegirse, no sin antes asesinar a los generales opositores Arnulfo R. Gómez y Francisco F. Serrano. Ya habiendo ganado las elecciones, y como presidente electo, fue asesinado (supuestamente) por radicales católicos.

Después siguió la presidencia de Calles (1924-1928) y el periodo conocido como el maximato (1928-1934), donde el “jefe máximo de la Revolución” gobernó de facto por medio de Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo Rodríguez. Cuando el general Cárdenas llegó a la Presidencia, a Plutarco Elías Calles lo sacaron una noche en pijama de su casa directo a un avión con rumbo a Estados Unidos, hecho clave para erradicar las tentaciones de no abandonar la silla en definitiva.

Miguel Alemán también lo intentó, pero muy sutilmente; llegó a sondear los ánimos por medio de colaboradores y amigos en cuanto a sus afanes; se dio cuenta de su total inviabilidad; la no reelección, que tanta sangre costó en la Revolución Mexicana, era ya la piedra angular del sistema político mexicano.

Los siguientes periodos presidenciales (ya sexenios) fueron, en general, de estabilidad política, paz y progreso; no se supo de ambiciones transexenales hasta con Luis Echeverría, designando como sucesor a su amigo de la infancia José López Portillo, imponiendo a no pocos legisladores con el afán (se dice) de seguir influyendo desde su residencia de San Jerónimo Lídice, teniendo incluso acceso a la red telefónica presidencial. Hasta que el secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, puso un alto de tajo, sugiriendo al presidente mandarlo “de vacaciones” con previo nombramiento de embajador a las lejanas Australia y Nueva Zelanda.

Los siguientes rumores transexenales fueron en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, donde no pocas voces de periodistas, intelectuales y ciudadanos en general, ante el éxito económico y reformador de su gestión, sugerían cambios constitucionales para permitir su eventual reelección, teniendo que salir al paso el entonces secretario de Gobernación, Fernando Gutiérrez Barrios, para desmentir los rumores.

Lo cierto es que a partir de la renuncia del capitán Gutiérrez Barrios la estabilidad política se nos fue, primero con el poco claro levantamiento zapatista el 1º de enero de 1994, y después con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu. La sucesión acabó por quedar fuera de control, ocasionando con ello la crisis financiera de 94-95, con todas las secuelas ya conocidas.

Con las reformas político-electorales de 1996 y la llegada de la alternancia política a la Presidencia, volvieron las ambiciones transexenales, siendo estas mucho menos disimuladas por la primera dama, Marta Sahagún de Fox, dejando todo al descubierto la valiente carta de Alfonso Durazo, entonces secretario particular de la Presidencia, denunciando todas las maniobras que se fraguaban desde la Presidencia misma para influir en el ya cercano proceso electoral y así lograr su cometido, mismas que contribuyeron en mucho a descarrilar el proceso sucesorio de 2006, envenenando la elección y dando un tristísimo retroceso, traicionando, en cierta medida, los logros democráticos ya alcanzados.

Hoy en día, el ex presidente Felipe Calderón alberga también absurdas inquietudes transexenales, por medio (al igual que Fox, en su momento) de su esposa, Margarita Zavala, pero los constantes descalabros y aun el ridículo ante el pueblo elector mexicano, con el nuevo revés del INE al registro de su partido político, no vienen más que a reafirmar el hecho de los afanes reeleccionistas como fruto prohibido en México. n