Adiós, mamá querida

Escrito por  Sergio Ferrer Sep 11, 2020

Decidí quedarme en casa, acudir a un pueblito y pasar ahí la cuarentena que se volvía cuareterna. Al finalizar febrero me sacaron de donde trabajaba, plegándome al hogar, a ayudar en labores que regularmente no hacía, al ser la rutina despertar para el trabajo a las 5 y media de la mañana y regresar a casa a las 8, 9 o 10 de la noche.

Llegó mayo. Diez de mayo sin dinero; luego te doy tu regalo, mamá, le dije en el teléfono. Ella contestó que no me preocupara, que me cuidara y el “Dios te bendiga” sincero de quien ama. Así viví esta etapa de la vida sobrellevando cierta tristeza, reflexionando, apreciando la naturaleza y la quietud diferente del pueblo frente a la vida en ciudad, publicando algunas notas de seguimiento ante el incremento de la pandemia, sin pensar que así de pronto llegaría la tragedia a acompañar la desesperanza.

Se hacía el llamado a quedarse en casa, que después se fue complicando al pasar y pasar los días. A usar cubrebocas, a que un día decían que sí se recomedaba su uso; otro día, que no; al otro día, que sí. Una llamada marcó el hito amargo de la desesperanza, pero también de cierto desconocimiento. Sí, se hablaba de las medidas de prevención, pero aunque las consideraba, era difícil pensar qué pasaría, qué hacer si le ocurría a alguien de la familia.

Con llamadas cortas, tu tío esta enfermo, dijeron; tras diálogos y moverse para buscar qué hacer, lo llevaron a un hospital Covid de la Ciudad de México, llegó con la enfermedad avanzada y pronto fue intubado. A los pocos días otra llamada avisó que papá y mamá grandes enfermaron de dolencias en la garganta. El estado de mamá agravó y fue llevada a un clínica del IMSS; aunque reconozco que hay miles de doctores, doctoras, enfermeras que están trabajando cada día, y les rindo homenaje a todas aquellas que fallecieron entregadas a su profesión, mi familiar que dio seguimiento pudo saber después de tres días que mi madre grande estuvo en una silla y hasta el día que falleció fue puesta en una cama.

Reconozco también los padecimientos crónicos que tenía y que agravaron la situación, aunque ¿quién no quiere que sus familiares vivan? Para papá grande la situación se tornó distinta y con indicaciones a distancia de un médico privado, porque en la clínica particular no estaban recibiendo pacientes con la prueba Covid positiva, le mandaron una receta con medicamentos caros que le permitió salir avante de la enfermedad. Tío falleció tras su lucha y la del personal médico por su vida.

Como ha pasado ya a miles de familias, la tragedia se incineró, los duelos se viven de manera distinta, algunos aún con el corazón sorprendido ante la fugacidad de la pérdida y el dolor que se disipa con la normalidad hasta que a la memoria llegan los recuerdos. Después de acudir tras lo sucedido y no ver jamás en cuerpo a mis familiares amados, siguió una serie de sentimientos que nublaron por momentos mi mente.

Pasé mi periodo de aislamiento voluntario y recibí el apoyo solidario de amigas y amigos que por las redes sociales armaron cooperacha que me permitió abonar un poco a los gastos que traen estos procesos.

Al caer la noche, junto con la incertidumbre del qué tal si lo tengo, llegaban ataques de ansiedad que me daban como nunca me había pasado. Sudar, pensar en nada y todo, tristeza, sin poder soltar las lágrimas, extrañando, pensando que mis familiares se habían ido a la luz y al amor infinito. Despertar de madrugada, reconocer que no era un sueño; era la verdad tocando la puerta del alma.

También en esos momentos pude consultar textos, videos y algunos mensajes del Colectivo Contra la Tortura y la Impunidad, de integrantes de la Brigada de Salud Comunitaria que me dieron respiro y ánimo para buscar replicar estos contenidos de prevención y alternativas de atención comunitaria en La Dekonstrucción y a quien quisiera mirarlos o escucharlos.

Dicho esto, el mensaje que quiero expresar a quien lee estas líneas es que no bajen la guardia. En la nueva normalidad a estas fechas se han relajado las medidas de prevención, y si bien la enfermedad se ha estudiado y contenido, la vacuna quizá esté lista del todo para 2022; ojalá que sea antes. Sin embargo, es una responsabilidad de todas y todos que nos cuidemos y también pensemos en las personas vulnerables. Ser responsables con la salud.

Ciertas son las cuestiones económicas que a cada uno de nosotros nos tocan y los procesos financieros, y que no podemos olvidarnos de eso, pero pensando siempre en las medidas que ya hemos escuchado, pero además, tomar en cuenta la medicina preventiva, la medicina tradicional, para fortalecer nuestros organismos, y sin buscar sonar moralino, plantearnos nuestros hábitos frente a nuestro cuerpo, frente a la sociedad y frente al mundo. n