¿La despedida de Porfirio?

Escrito por  Ginés Sánchez Oct 01, 2020

Porfirio Muñoz Ledo y Lazo de la Vega, hombre de Estado cómo los hubo pocos en el siglo 20 mexicano, sólo equiparable a otros muy pocos, don Jesús Reyes Heroles sería un buen ejemplo. Porfirio no ha dejado de serlo en las ya dos primeras décadas del presente siglo, con todo y los 12 años en que, lastimosamente, este país desperdició su talento, y es que Vicente Fox (presidente, no el ‘producto milagro’ y desechable de sus épocas de opositor y candidato) lo mandó como embajador a la Unión Europea, al Fox tenerle miedo e inclusive algo de envidia al mostrarle su erudición en cuánto a los orígenes, funcionamiento y perspectivas de cambio del Estado mexicano.

Osado, llegó a apersonarse con el aún presidente José López Portillo para que lo considerara como su sucesor idóneo, algo inaudito en las reglas no escritas del anterior sistema de partido cuasi único, pero lo mismo muchas veces incomprendido, ya que sus cambios de filiación política obedecían a su prisa por consolidar una transición democrática en México, aún sabiendo que en los tiempos del PRI y su hegemonía al país no le había ido tan mal: “una isla de paz social y democracia es México, en toda la América Latina”, habría dicho alguna vez en los 70, no sin razón, a la luz de las comparaciones.

Ahora, que sus afanes narcisistas y de protagonismo exacerbado nunca lo han abandonado, antes al contrario, se le han acentuado; sus tiempos en los que, a manera de un torero partía plaza, pavoneándose en las cámaras legislativas. Y en esa tesitura lo vemos hoy en día, pretendiendo los reflectores apuntados a él, tantas veces cómo sea posible, recurriendo en ocasiones a recursos exagerados, cómo el último, de contender, claramente sin la venia presidencial, por la dirigencia del partido Morena.

Es aquí en donde, a la manera de interpretar los sucesos en cuestión del que esto escribe, el polémico y legendario político mexicano cayó en un exceso, que bien podría haber sido su despedida, no tan afortunada, de su actividad profesional, y es que se le fue a la yugular, con rudeza innecesaria e inexplicable, a su compañero Marcelo Ebrard, sin medir las consecuencias, porque Marcelo es un hombre de Estado también, con la particularidad de que goza de una popularidad inmensa, tanto al interior del gobierno como entre la ciudadanía; en su tiempo considerado el mejor alcalde del planeta no sólo tiene sus positivos altísimos entre la gente de Ciudad de México, sino de todo el país, y esa declaración, francamente caníbal, no puede acarrearle resultados favorables en sus actuales afanes.

Muñoz Ledo fue considerado para la presente Legislatura en su primer año, como presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, como un homenaje a su persona y trayectoria, cuyo cenit habría de ser el enorme acto simbólico de entregarle la banda presidencial a Andrés Manuel López Obrador; él decidió que no era suficiente, y está bien, eso evidencia nuevos vientos democráticos que soplan ya en México, pero sí se ha excedido, y lo más seguro es que logre muy poco en la elección como dirigente partidista, donde muy claramente se ve despuntar al que parece también ser el idóneo para construir un partido a partir de un amplísimo movimiento social, reto enorme de armar un andamiaje institucional hacía dentro de Morena, que impida que la historia de todos los partidos de izquierda en México se repita, esto es, su fragmentación y posterior desaparición del espectro político. n