Imprimir esta página

El PRI y su reacción

Escrito por  Ginés Sánchez Dic 15, 2020

Condenada al fracaso, y a la voz de “a confesión de parte, relevo de prueba”, la alianza opositora en 2021 confirma la tesis del presidente Andrés Manuel López Obrador, del PRIAN, sumado en los últimos años, como su rémora, un PRD que tomaron por asalto los Chuchos, y del que sólo quedan algunos despojos hechos cascarón.

El acercamiento del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari al PAN, desde el mismísimo 1988, era necesario; no se podía continuar con un estatismo que había fracasado, modelo que pretendía continuar Cuauhtémoc Cárdenas. Por eso, lo mejor en aquel año era que el PRI ganase, amén de que el país aún carecía del andamiaje institucional en materia electoral para unas elecciones legítimas y confiables a cabalidad, lo que sumado a la aún tan eficaz maquinaria del PRI-gobierno hacía imposible otro escenario que no fuera la continuidad del partido emanado de la Revolución Mexicana, y que dotó a México de viabilidad como nación por siete décadas, ni más, ni menos.

Por otra parte, el pseudopartido político, Acción Nacional, era sólo un amasijo de intereses reaccionarios a la mismísima Revolución; fundada y formada por los intereses enquistados que esta vino a afectar en favor de las mayorías, de la justicia, la paz y la estabilidad sociales, logro que ningún país en Latinoamérica tuvo durante larga época.

Ahora, la alianza de facto, iniciada en 1988 y reforzada en 1991, se fue solidificando, en vez de servir nada más como un hecho coyuntural, al extremo de adoptar estos dos partidos un modelo neoliberal año con año creciente y con muy pocos contrapesos; la izquierda fue ninguneada y humillada, rompiendo así todo posible equilibrio; se hizo en México, después ya en nuestra innecesariamente tortuosa transición democrática, lo contrario a España, donde desde el principio la correlación de fuerzas tuvo idénticas y justas posibilidades de acceder al proceso político.

La alternancia en México, de 2000 a 2018, fue sólo de forma, no de fondo; de nombres y no de proyectos. Esto ahondó los problemas, la desigualdad primero, la violencia estéril después, la toma del Estado por los poderes fácticos, el remate.

Si el PRI, a pesar de los pesares y de sus desviaciones y excesos, cometidos con mayor énfasis de 1997 a 2018, tenía la posibilidad de una especie de refundación, volteando a ver a sus orígenes y esencia, no era necesario cambiar siquiera de nombre, siglas y logotipo, sino un auténtico ejercicio de autocrítica y de recuperación de las banderas que fueron tomadas por la izquierda, muy en particular por la encabezada por López Obrador.

En fin, parece que la actual dirigencia tricolor carece de altura de miras suficiente y se va de bruces con la inmediatez de la consecución de algunos espacios de poder y dinero fácil, aliándose con lo que fue, por décadas, su propia reacción, pisoteando así las cientos de miles de vidas perdidas en la primera revolución del siglo XX, tan honda en las raíces del pueblo de México, firmando así el partido tricolor su propia acta de defunción. n