El auténtico bicentenario

Escrito por  Ginés Sánchez Feb 16, 2021

El obsceno, dada su fealdad, inutilidad e ícono de la ineptitud y corrupción de un sexenio al que, desde ya, juzga la historia como impresentable (2006-2012), como lo es la Estela de Luz, originalmente pensada y construida a manera de monumento que conmemorase el bicentenario de nuestra independencia y centenario de la Revolución, en 2010, y que tuvo sobreprecios inconcebibles, alcanzando un costo total estimando de mil 300 millones de pesos, y que fue tan mal planeada y ejecutada que sólo pudo inaugurarse, mediante un acto casi clandestino y cómplice, hasta el año siguiente (2011), es un monumento ofensivo que nos incomoda a todos, en cierto modo, nos llena de una vergüenza silenciosa, pero siempre presente, ante nosotros mismos y personas de toda índole, nacionales y extranjeras, que al pasar por los pocos sitios de donde aún es visible, dado los rascacielos que la han ido escondiendo, nos preguntamos qué se habría podido hacer con esos recursos dilapidados en tan grotesco armatoste.

Ingenieros cercanos a la obra aceptaron, en su momento, que su proyecto ejecutivo no era “lo suficientemente maduro”, por lo que sufrió múltiples modificaciones estructurales que demandaron reprogramaciones en dicha obra. El elefante blanco pasó de 141 planos, en un inicio, a casi 600 sobre la marcha, y requirió de una decena de estudios extraordinarios para resolver problemas estructurales, incluso relacionados a su estabilidad.

En cuanto a la identidad nacional, que dado el motivo de su construcción resultaba imperativo, lleva como sello, a diferencia de 100 años antes con la columna conocida como el Ángel de la Independencia o de la Victoria Alada, con motivo de las fastuosas fiestas del centenario, pulcra y elegantemente organizadas por el régimen del general Díaz, que ni por asomo sospechaba de la sombra negra que se le acercaba a su régimen y al país mismo; la multicitada Estela de Luz no tiene nada que represente a mexicanidad alguna, a no ser a la que se refirió, de manera más que desafortunada, Peña Nieto algún día: algo así cómo “la corrupción como un rasgo inalienable de nuestra cultura”. Baste sólo recordar que casi 70 por ciento de los materiales utilizados en dicha obra provenían del extranjero: de proveedores afincados en Alemania, Brasil, Italia y Canadá.

Ante todo lo anterior expuesto, una salida decorosa para esa torre que incomoda e indigna a la gran mayoría de los connacionales sería destinarla a una especie de memorial a la circunstancia histórica de la pandemia por Covid-19, que azota aún y marcará con huella indeleble a México (y al mundo entero), a los grandes sacrificios del pueblo mexicano, y en especial a los que perdieron la vida y a sus familias, sin dejar nunca de lado a los héroes de bata blanca que se han jugado la vida misma, perdiéndola no pocos, en la primera línea del frente de esta guerra contra un microorganismo genocida, que mantiene aún a la humanidad de rodillas.

A efectos de la celebración de nuestra independencia y de la fusión de las dos civilizaciones (1521) de las que descendemos, este 2021 hay la oportunidad de corregir y celebrar digna y austeramente las efemérides de la consumación de la Independencia (septiembre de 1821) y la referida Conquista, bien pudiera ser con algunos monumentos conmemorativos en, por ejemplo, la nueva sección del bosque de Chapultepec.

Ojalá que esa “suavicrema” inútil, que pase lo que pase y así sea repelente a la mayoría, ahí seguirá, pueda convertirse de algo indigno para, por qué no decirlo así, la patria misma, en un sitio de respeto, remembranza y admiración, para esta tan dolorosa época de pandemia, que tan fuerte pegó a la humanidad, incluido a nuestro tan dolido México. n