Semáforos

Escrito por  Ginés Sánchez Mar 02, 2021

Los confinamientos, al inicio de la pandemia por el Covid-19, provocado por el nuevo virus de la familia de los coronavirus, el Sars-Cov-2, y que tomó al planeta volcado en sus esfuerzos humanos y materiales en la creación de gadgets y APP, la mayoría sin una utilidad que no sea una frivolidad muy poco útil a la humanidad o al planeta, más sí para contribuir un poco más a la enajenación por imbecilidad de las personas; la famosa mano invisible del mercado y su reflejo, unos Estados reducidos a su mínima expresión, nos recordaron que estábamos como de fiesta horas antes de un examen profesional.

Los primeros meses del famoso “Quédate en casa” fueron de imperiosa necesidad, para ganar algo de tiempo, en cuanto a ampliación y reconversión hospitalaria, y también en lo relativo al aprendizaje de una enfermedad por completo desconocida hasta entonces, de la que hoy, y sólo relativamente, ya se sabe mucho más que, por ejemplo, en el verano pasado.

Buen, el “Quédate en casa” no volvió ya que simplemente se tiene que pensar en la economía; hay gente (la mayoría) que no sabe de “actividades esenciales o no esenciales”; simplemente, o sale a trabajar, o el fantasma del hambre lo acecha; no es casualidad, antes y todo lo contrario, que el doctor Hugo López-Gatell haya escogido, en una invitación del FCE a leer un poema, precisamente uno de título El hambre, del autor republicano español Miguel Hernández, con una carga filosófica, simbólica y metafórica perfecta para los tiempos que aún vivimos. La cruda realidad es una: la disyuntiva entre morir por Covid-19 o por hambre.

El objetivo único, dado el casi nulo control, vía algún tratamiento eficaz o vacuna, hicieron que los gobiernos tengan casi cero margen de maniobra, y el mexicano no es la excepción; la meta, pues, era que la gente no muriese en las calles, que sucedieran contagios masivos cuando el virus era más fuerte y letal que hoy, ya que los virus, como el ser con una precarísima vida que son, cuentan con cierta “inteligencia”, y este ha ido adaptándose para no matar tan rápido y sí contagiar más, como ya vemos que se comportan las nuevas cepas que azotan ya Europa.

La alternativa, para los que culpan al gobierno, era de plano la suspensión de garantías constitucionales, actuar como lo hizo el tan oscuro gobierno chino, con medidas draconianas, como por ejemplo sellar (vía sus fuerzas armadas) edificios completos de apartamentos, que eran fuerte foco de infección en la ciudad de Wuhan, para que, de plano, la gente muriera, por el virus o de hambre en el encierro, y así parar los contagios. Así perdieron la vida, se estima, alrededor de tres mil ciudadanos chinos.

En México se apostó, después y aún ahora, a la responsabilidad ciudadana, donde se evidenció una sola cosa por un porcentaje considerable de la población: este sexenio, tenemos mucho gobierno para tan poca ciudadanía.

El semáforo epidemiológico es hoy el instrumento de los gobiernos federal y locales para regular vida (salud) y economía. Un buen ejemplo es Guerrero, que cambió su semáforo a amarillo poco antes de la temporada turística de fin de año, pasando a principios de este 2021 al rojo, y que ahora, en vísperas del torneo Abierto Mexicano de Tenis y de la Semana Santa, se vuelve a cambiar a color amarillo. n