Tlatelolco, epicentro del cambio

Escrito por  Ginés Sánchez Sep 19, 2017

En la plaza de Las Tres Culturas, en Tlatelolco, hay un muro con una leyenda inscrita: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendida por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota; fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

A sólo unos metros del lugar hay otro pequeño muro con los nombres de los caídos en la matanza del 2 de octubre de 1968, y debiera haber algún otro muro o monumento en memoria de las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 1985 y en memoria también de los héroes anónimos, gente de todas las ocupaciones: estudiantes, médicos, enfermeras, arquitectos, albañiles; el pueblo, en suma, que puso un poco de luz entre las tinieblas de la tragedia y sacó a relucir los valores más profundos del hombre.

Entonces se empezó a gestar la transición democrática en México, pues se impusieron a partir de esa hecatombe no sólo nuevos reglamentos de construcción y conceptos novedosos, como la protección civil, incluidos nuevos modelos urbanísticos en la gran ciudad, sino también nuevas maneras de convivencia, organización y participación ciudadana y administración pública en todo el país. Nació ahí, en los hechos, nuestra sociedad civil organizada en México, y la idea más clara de que el poder democrático debe ser la base del Estado.

En Nicaragua (1972), un terremoto fue la gota que derramó el vaso; el movimiento social que siguió al cataclismo devino en una revolución armada que derribó a la dinastía de los Somoza; en México, el fenómeno natural dio paso a una revolución, pero no violenta, sino, más bien, de las conciencias.

Tlatelolco, el barrio del Anáhuac que impresionó a los conquistadores españoles por su limpieza y ejemplar organización en su imponente mercado, parece ser, pues, la sala de dolorosos partos donde este nuestro México nace, muere y renace; son tres fechas clave: 1521, 1968 y 1985, y sin dichos sucesos en ese barrio acontecidos no se explicaría el México de hoy.

Revisando algunos diarios de los días subsecuentes al terremoto de 1985, llaman la atención algunos acontecimientos que no trascendieron en México como debieran, al ser opacados de manera aplastante por la desgracia en la capital, como el que el sismólogo estadunidense Charles Ricther, inventor en 1935 de la escala que lleva su apellido y que permite medir y clasificar los sismos según su fuerza y energía liberada de los grados 1 al 9, falleció tan sólo 11 días después del temblor en México a los 85 años de edad. Ese terremoto fue el último gran evento objeto de estudio para su profesión del que tuvo conocimiento.

Sin duda el señor Ricther se sorprendería de todos los aprendizajes que dejó el terremoto en México, pues él siempre participó en programas de concienciación y prevención ciudadana. Tal vez no daría crédito al sistema de alerta sísmica, que proporciona casi un minuto para desalojar las edificaciones antes de un gran movimiento telúrico en el Valle de México.

El terremoto de hace semana y media fue aun más fuerte, pero los daños no se pueden comparar; muchas lecciones en la materia fueron aprendidas.

Otro es el hecho de que en Jalisco, Ciudad Guzmán para ser precisos, el temblor dejó cuantiosísimos daños, más de 30 muertos, cerca de mil heridos, 33 mil damnificados e incuantificables inmuebles derruidos.

México y la parte del itsmo de Tehuantepec que vive hoy la desgracia, saldrán adelante y lo harán de la mano de un pueblo solidario, de ese México profundo y bueno que, a pesar de los pesares, es la esencia de nuestra gran nación. n