Tercero y último

Escrito por  Isidro Bautista Soriano Jun 14, 2018

El tercer y último debate realizado entre los cuatro candidatos presidenciales la noche del martes en Mérida, Yucatán, no produjo las sorpresas que muchos analistas y ciudadanos comunes esperaban de esta confrontación de propuestas e ideas de quienes aspiran a ser titular del Ejecutivo de este valle de lágrimas que es México.

Hubo, horas antes de que arrancara el debate, una que llamaron alerta que invitaba para que a través de una página de internet denominada Caso Anaya los morbosos de siempre se enteraran de más triquiñuelas del que José Antonio Meade ha calificado como un “vulgar ladrón” y que no es otro que Ricardo Anaya. ¡Oh, decepción! Tampoco hubo ninguna sorpresa.

El Peje, a fe de ser sinceros, estuvo peor que en los otros dos debates. A todo contestaba que el principal problema de México es la corrupción, que la corrupción esto, que la corrupción lo otro. Fue su estribillo. Quiero suponer que sus asesores y estrategas le aconsejaron que no se saliera del guión y que a todo respondiera que las malas mañas son la causa de todos los males habidos y por haber. La verdad, el tabasqueño decepcionó a muchos. Ni siquiera tuvo una chispa simpática o un gesto divertido, como en el segundo debate, cuando sacó la cartera para que no se la apañara Ricardo Anaya, al que apodó como Ricky Ricón Canallín, y que se ve lo trae atravesado en el cogote.

Anaya, por su parte, se puso picudo y a ratos sacó de sus casillas al ya sabes quién, quien un par de ocasiones se exaltó y perdió la compostura. Una de esas veces fue cuando Anaya acusó a López Obrador de favorecer –al entregarle contratos sin licitación– a su constructor favorito, un empresario de apellido Rioboó, que construyó el que se conoce como segundo piso en un tramo del Anillo Periférico de la Ciudad de México. AMLO negó la acusación –que es cierta, por lo demás– casi a gritos y enfurecido le decía “no soy corrupto como tú”. Round para Anaya.

El Bronco, ahora conocido también como El Mochamanos, estuvo ocurrente como siempre. Lenguaraz, calificó a sus contrincantes como La Tercia Maldita, le pidió a López Obrador que le diera un beso a Anaya, y sus propuestas se perdieron y no tuvieron mayor eco.

José Antonio Meade estuvo sereno, se mostró hábil en el manejo de datos, cifras, estadísticas y propuestas, pero no abandonó su estilo académico. Es evidente que tiene mucha información y la sabe manejar. Argumenta bien, refleja seguridad en sí mismo, pero quizá le faltó conectar un poco más con el público.

La moneda está el aire. La gente ya vio a través de los tres debates, quien es quien. Ya más o menos el ciudadano común conoce a los candidatos y dentro de tres semanas tendrá que elegir, de entre esos cuatro, al que será el próximo presidente de la República. n