21 años

Escrito por  Javier Soriano Guerrero Oct 14, 2018

Desde pequeños nos acostumbramos a ver a los adultos beber, tanto en la casa como en fiestas, y no se nos hacen extrañas estas escenas, y las tratamos de imitar conforme crecemos.

Nos enseñan desde temprana edad que beber es cool y glamoroso. Tenemos que aprender por nosotros mismos que no lo es.

Ya entrados los 20 años, en todo evento social al que yo asistía se mantenía la alegría con base en el alcohol.

Uno bebía para calmar la ansiedad social, perdía las inhibiciones, y se distraía de la agonía de la existencia. Pero el 5 de noviembre de 1997, tomé la decisión de hacer lo imposible: dejé de beber.

No me considero que fui alcohólico, más bien bebedor social, aunque bebía unos tres días a la semana con compañeros del trabajo; los últimos días de bebedor nada más tomaba en casa, unas tres copas, en las noches, viendo la televisión.

La cultura de la bebida es muy dominante, y quiero dejarle saber a la gente que hay una salida, porque, así como hay pretextos para beber, también hay pretextos para no beber. El secreto es mantenerse firme.

Al principio fue difícil la abstinencia, principalmente por los “amigos” que insistían en que compartiera con ellos la copa. El pretexto para retirarme fue que, aparentemente, me iba a desparasitar y necesitaba dejar de beber 15 días antes y 15 días después. Así, poco a poco me fui alejando del alcohol… y de los amigos.

Como mi decisión de dejar de tomar fue a principios de noviembre, varias personas me decían que esperara que pasaran las fiestas navideñas y de fin de año. Les comentaba que, si así iba a estar, también tenía que esperar que pasara mi cumpleaños (en enero), el Día de la Amistad (14 de febrero), Semana Santa, Día de la Madre, del Padre y todas las fiestas del año, o sea, nunca iba a faltar el pretexto para beber.

Cuando uno toma una decisión de este calibre es necesario contar con alguna persona que se solidarice con uno por esta determinación, porque los supuestos amigos siempre tratan de hacer caer a uno en el alcohol.

Lo que sí no pude dejar fue a los verdaderos amigos, que, aunque bebían, los acompañaba a tomar, pero no me insistían que bebiera; yo sólo tomaba agua mineral o refresco y ellos sus respectivas copas. Incluso entraba a los bares a acompañarlos sin verme obligado a beber.

Muchas personas me preguntaban cómo derroté el hábito, si me había metido a los Alcohólicos Anónimos, si había jurado a la virgen o me había cambiado de religión. Ninguna de estas cosas fue necesario. Lo único que se necesita es fuerza de voluntad.

Desde entonces no tomo ni gota de alcohol, ni sidra en Navidad.

Pasé muchos años tomando, balanceándome entre el inmenso auto-aborrecimiento y los destellos de euforia que vienen con el estado de intoxicación. La cuestión con ser un bebedor, es que uno se rodea con personas que se involucran en comportamientos extremos similares; el alcohol permea abrumadoramente cada uno de los aspectos de la existencia, y se siente muy normal.

Lo que no se da cuenta la gente que bebe es que, cuando ya anda uno pasado de copas es el hazmerreír de los demás. Desde que no tomo me divierto con los que siguen bebiendo. Y es bochornoso el espectáculo.

Vivimos dentro de una cultura que celebra las comidas con bebidas, y a las mamás que toman vino y las horas felices que ofrecen los bares. Fuera de ese horario ¿uno no puede ser feliz? Obviamente, los negocios lo implementaron para atraer más clientela en las horas de escasos bebedores. Así que nadie realmente se sorprende con el consumo excesivo de alcohol.

Los domingos, en la mayoría de los hogares mexicanos, es común la reunión alrededor del televisor para ver los partidos de futbol, rodeados de botana y botellas de cerveza o cualquier otra bebida.

Las películas, series de televisión y telenovelas son una fuerte influencia para invitar a consumir alcohol, desde las películas de James Bond hasta Sex and the City ofrecen un estilo de vida adulto donde las personas están bebiendo constantemente, pero nunca están desarregladas.

Beber excesivamente parece ser una parte esencial de lo que significa ser un adulto cool. Uno puede sentirse presionado a beber por sus pares, pero también por una sociedad que espera que sus jóvenes sean temerarios, y es cautivada por ello.

Después de que dejé de beber, descubrí que estaba más tranquilo porque no estaba tomando malas decisiones que me llevaran a mis encuentros con la parte más desagradable de la población. Los beneficios son muy obvios: era libre del dolor de las resacas y de ese horrible sentimiento de arrepentimiento de andar borracho.

Sigo disfrutando las grandes reuniones sociales y familiares, pero ya no hago las cosas que creí que definían mi personalidad cuando estaba ebrio.

Es agradable andar sobrio, ya 21 años. Se los recomiendo. n