¿Y la hospitalidad?

Escrito por  José de la Paz Pérez Nov 04, 2018

En la década de los 70 del siglo pasado se hablaba, en el ámbito mundial, de la hospitalidad de los mexicanos y, en especial, de los acapulqueños; eran tiempos en que ya habíamos superado la barrera de la televisión blanco y negro, por eso Acapulco se veía a colores desde el extranjero, sobre todo en color azul, ese azul del mar y del cielo.

Pero nada era obra de la casualidad; quienes anden rondando los 50 años me darán la razón: desde un garrotero o un bell boy, hasta el dueño de negocios como restaurantes, hoteles y bares, se esforzaban por sonreír, por ofrecer lo mejor de sí a cambio de que el visitante se sintiera como en casa.

Sí, el trabajo de un servidor del turismo se circunscribía a la satisfacción total del visitante. ¿La propina? Esa siempre venía por añadidura.

También veíamos a los tradicionales lancheros con su gracia y dichos que hacían entrar en confianza de inmediato al cliente potencial.

Ahora vemos tristemente cómo prestadores de servicios atienden como si hicieran un favor al cliente y exigen la dádiva como si fuera obligatoria; algunos establecimientos cobran la propina en la cuenta de manera obligada, cuando se supone que es una “cantidad de dinero que se da voluntariamente para agradecer un servicio”.

Antes, “trabajar la propina” era sonreír, mostrarse solícito, atender de inmediato la necesidad del cliente; rutinas como levantar de la mesa servilletas usadas, envases vacíos, ceniceros, etc… eran un monumento a la amabilidad y la buena voluntad; se veía ese ánimo en el rostro del dependiente.

Actualmente el mesero, luego de llevar la cuenta al cliente le dice directamente “A’i con lo que quiera caerle”, “no se olvide de mi propina”, “la propina ése”. Qué diferencia; hasta dónde hemos bajado el nivel del servicio en el puerto.

Lo anterior, sin contar con que el mesero que anda de malas olvida dejar los problemas en su casa; si le pides un servicio y rumbo a la cocina le hablas para cambiar la orden, se molesta. Si se suscita una discusión por temas –digamos lo menos- de un mal servicio, la empresa protege al de casa y se muestra dispuesta a echar al comensal a la calle.

En tiempos de la hospitalidad, cuando había diferencias entre un cliente y alguien del servicio, se castigaba de inmediato al empleado y, con esto, la próxima vez tendría que ser más tolerante; tendría que reconocer que esa persona a la que atendemos nos eligió entre muchas opciones porque creyó que aquí estaría mejor que en cualquier otro lado.

Muchos establecimientos invierten mucho dinero en publicidad, por lo que hubo un costo directo en cada cliente que llega por este tipo de campañas, y la mejor manera de tirar el dinero es corriendo a ese visitante poniéndole mala cara.

En los tiempos de los que hablamos, los setentas, se decía que en Acapulco había los mejores DJ, meseros, capitanes, gerentes, etc… ¿Y por qué ya no los tenemos?, ¿a dónde se fue esa vieja escuela?

Para los años 80 se comenzó a escuchar sobre los avances de otros desarrollos turísticos en la República, algunos muy cercanos como Bahías de Huatulco, en donde estaban requiriendo personal capacitado para atender corrientes turísticas que estaban por captar.

Comenzó la emigración de talentos hacia otros lugares en busca de zonas vírgenes en donde, desde luego, tomarían un papel de mayor protagonismo: excelentes garroteros que se fueron para fungir como meseros o capitanes; excelentes capitanes que llegaban como gerentes, etc…

Y de pronto, nos quedamos con muy poco talento; el ADN del buen servicio se fue eliminando poco a poco de nuestro cuerpo, de nuestra esencia, y nos convertimos en aves rapaces, en turisteros que buscan la primera oportunidad para abusar del visitante en temporadas, puentes, fines de semana o días festivos.

Aparte de que no atendemos al turista como se debe, abusamos de su estancia, le cobramos platillos populares como si se tratara de alta cocina o como si se ofrecieran en establecimientos que pagan altos impuestos y sueldos profesionales, o como si la atmósfera que ofrecemos fuera de alto confort y comodidad.

Y lo peor de todo: los engañamos en ocasiones mostrándoles doble carta: cuando el cliente pide mira precios bajos, pero cuando le cobramos, le mostramos la carta con precios altos. Este fenómeno se estila sobre todo en zonas de playa, particularmente, hay que decirlo, en Puerto Marqués.

Y después nos quejamos por qué no vienen los turistas entre semana.

La palabra hospitalidad que, de acuerdo al Diccionario de la Real Academia Española significa “Buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes”, está borrándose del léxico acapulqueño.

Estamos a poco más de un mes para la última temporada alta del año, la de invierno; oportunidad para elegir entre darle una puñalada más a la marca Acapulco, o reflexionar para corregir el camino y hacer que nuestros visitantes se sientan en Acapulco como si estuvieran en un auténtico paraíso, en el Paraíso de América. n