El regreso del ruizcortinismo

Escrito por  Ginés Sánchez Nov 06, 2018

Andrés Manuel López Obrador toma tres símbolos para pretender encuadrar su modelo político-económico: Juárez, Madero y Cárdenas. A entender, Benito Juárez en lo político, el General Lázaro Cárdenas en lo social y (parte) en lo económico, y Madero por aquello de la democracia, que esperemos sólo sea por eso –lo de Madero–, por el bien de todos.

Un término que podría englobar lo que será el modelo lopezobradorista ya ejerciendo la Presidencia es el de “liberalismo social”, acuñado por Jesús Reyes Heroles, gracias a sus investigaciones de la historia nacional, sobre todo de la época de la Reforma.

Estas dos palabras fueron retomadas y pretendidas llevar a la práctica por Carlos Salinas de Gortari, en su sexenio, en el cual se tomaron medidas que eran, no pocas, indispensables para el país.

El mexicano, de tan corta memoria, olvida que durante gran parte de su administracion, al señor se le tuvo casi en un pedestal: el Pronasol era efectivo en sus afanes de justicia social; incluso en su diseño e implementacion participaron personajes que antes habían militado en el Partido Comunista.

El país se abría al mundo, se renegociaba la deuda, se controlaba la hiperinflación heredada del “desarrollo compartido” y sus abusos, entraba el capital extranjero, así fuera en fuerte medida especulativo, había paz social, gobernabilidad. Que el presidente Salinas parece haber enloquecido a la hora de la sucesion, saliéndosele de las manos por entero el proceso, es algo que, sí, aún hoy lamentamos y pagamos todos.

El problema es que de Zedillo en adelante, el llamado neoliberalismo se tomó como un dogma, y a partir de 2000 a la fecha, el Estado se fue, ya no sólo adelgazando, sino debilitando, al extremo de que muchas voces hablaran, dentro y fuera de México, de “Estado fallido”.

El Estado obeso e ineficiente de la etapa 1976-1982 se convirtió en un ente amorfo, ineficaz, pulverizado y al servicio de los famosos poderes fácticos, tanto legales como ilegales. Una de las tantas pestes consecuencia de esto es el bestial aumento de la desigualdad social, menos de 20 familias con todo; más de 50 millones de seres humanos sin prácticamente nada, por no mencionar el número de migrantes y los muchos miles que han engrosado las filas del crimen.

Andrés Manuel López Obrador, con la cancelación del proyecto Texcoco, envía varios mensajes contundentes a la vez: el Estado ya no estará a las órdenes y al servicio de ese puñado de grandes gandallas; se combatirá de modo enérgico a la corrupción reinante en las élites, entre otras cosas, el contratismo de cuates y compadres, caracterizado por la opacidad y el abuso.

También el inversionista extranjero aquí no va a encontrar más los recursos naturales con los que contamos, así como en lo que va del siglo, casi gratis. Es ahí donde entra el término alusivo al presidente Adolfo Ruiz Cortines (a quien la historia le debe, y mucho) a lo que yo denomino “liberalismo social ruizcortinista”.

Sea ésta la orientación del gobierno que está por entrar, durante los seis años, sin perder el piso, ni llegar a abusos y extremos, y comenzaremos a salir de estos 18 años trágicos, conocidos ya por muchos como el periodo de la estabilidad macro con estancamiento económico e ingobernabilidad.

Sirva esto para los agoreros del desastre, pero también para los de la gloria, aprovechando la crispación de ánimos y la polarización, criminalmente iniciada con el veneno calderonista del año maldito de 2006: AMLO no es Castro, Chávez o Maduro; tampoco es Juárez, Madero o Cárdenas; es Andrés Manuel López Obrador, cuyo personaje en la historia de México al que su servidor le ve más parecido es al presidente Adolfo Ruiz Cortines, y esas son muy buenas noticias. Créanlo. n