Agua, la guerra que llegó

Escrito por  José de la Paz Pérez Nov 11, 2018

La escasez del agua, esa que nos han anunciado en libros, revistas, películas futuristas y en redes sociales, y que creíamos lejana, ya nos alcanzó, pero tal parece que vemos y no queremos ver, sentimos y no queremos sentir.

Y tal parece que no lo queremos reconocer porque es muy cómodo hacer caso omiso a las recomendaciones de gastar poca agua en nuestras actividades diarias, y más que eso, no queremos dejar de desperdiciarla cuando nos llega en abundancia. “Por eso pago el recibo”, justificamos estúpidamente.

Es muy cómodo también ver en las noticias que países del Oriente medio y el norte de África son los que padecen mayores recortes y que en el futuro las cosas allá podrían empeorar. “Nosotros estamos muy lejos”, quizá pensemos.

Pero no es cuestión de cercanía o lejanía geográfica, sino de las circunstancias comunes con aquellas tierras que ya vemos aquí en varios estados de la República mexicana, incluyendo el nuestro, Guerrero.

La reciente crisis por la que atravesó la Ciudad de México, apenas hace poco más de una semana, y las manifestaciones que colonos han protagonizado en la presidencia municipal de Acapulco por la falta del vital líquido, no son cosa de la casualidad, sino que están conectadas con un todo, con un problema mundial que ya nos alcanzó.

En ambos casos, el enfoque que suele dársele al problema es político o de corrupción. Hay quienes creen que las siglas del partido en el gobierno tienen qué ver con el suministro puntual del agua; o que la corrupción provoca que esté más cara o que no llegue a nuestros hogares y a las de otros sí.

Ambas circunstancias se dan, pero no es el fondo del problema.

El problema es que se trata de muchos problemas: ¿Quién en su casa no gasta más agua de la que necesita gastar?, ¿quién no arroja basura a la calle sobre todo plástico y con ello contribuye al cambio climático, unas de las causas de la escases del líquido?, ¿quién no lava con el chorro de la manguera su patio o deja fugas internas en sus casas durante años?

Sí, son muchos problemas y la mayoría se provocan en el seno de nuestras familias, en nuestras casas. ¿Cuándo sostenemos pláticas con nuestros hijos para tocar temas relacionados al cuidado del medio ambiente?, ¿cuáles son los temas que se tratan?, ¿redes sociales, dinero, moda, viajes, la próxima fiesta de XV años?

¿Y los temas de vida para cuándo? Porque todos decimos sin pensar que “el agua es vida”, sí, porque se oye bonito o está de moda decirlo, pero, ¿cuándo actuaremos en consecuencia? Si es asunto de vida, no parece que estemos comprendiéndolo así, porque no movemos un dedo para caminar hacia una solución.

La solución es sencilla, pero como sabemos que lo más sencillo es también lo más complicado, mejor dejamos que los demás, el gobierno por ejemplo, resuelvan nuestros problemas, que para eso son nuestros impuestos ¿no? Pues qué cómodo y cuánto cinismo nuestro.

Tan sencilla es la solución a este problema –como tan complicado– que se parece al caso de la inseguridad y la violencia, que también nos azota, y que no es poca cosa.

Nos dicen que a largo plazo podría solucionarse el tema de la violencia si en estos momentos en los hogares, en todos o la mayoría, se comenzara a implementar una estrategia de aplicación de valores para formar ciudadanos de bien; también en el caso del agua y el cuidado del medio ambiente, si todos cuidamos nuestro pequeño entorno familiar, al replicarse en el mundo solucionaremos el grave problema que ya tenemos encima.

Sí, parece muy sencillo: cada quien haga lo que tenga que hacer, y asunto arreglado. Pero ¿quién quiere dar el primer paso? Esta es la cuestión.

Desde hace muchos años escuchábamos que en un futuro las guerras no serán por dinero o petróleo, sino por agua; ese futuro ya nos alcanzó.

Cuando éramos adolescentes, los que hoy rondamos los 50 años, recordaremos que el agua estaba en nuestras llaves todos los días; si se iba por algunas horas sufríamos porque no teníamos la práctica de almacenarla para mañana o para la semana. Hoy, algunas familias la guardamos en tambos o tinacos y aguantamos una semana o dos sin que llegue el vital a nuestras llaves.

Pero hay quienes padecen por meses la ausencia del servicio y han tenido que comprar pipas a altos costos: 500, 600 y hasta 800 pesos, cuando hay, ¿y cuando no hay?, comienzan las protestas, como las que se han protagonizado en las instalaciones de la presidencia municipal porteña y en oficinas públicas de todo el orbe.

Vemos todo esto y no queremos ver; ¿qué tiene que pasar para que comencemos en nuestras casas a considerar, al menos, en cuidar el agua?

A quienes sostienen que son dueños del agua porque pagan un recibo oficial, habría que recordarles que realmente se trata de una cuota simbólica, porque captarla, entubarla y todo el proceso que se efectúa para que llegue a las viviendas es mucho más costoso.

Alguien insistirá en el tema de la corrupción pero eso es otro asunto, no menor, pero que no nos deslinda de nuestra obligación de hacer algo para salvar nuestro futuro, nuestras propias vidas, nada más y nada menos. n