Aquella carta de Alfonso Durazo

Escrito por  Ginés Sánchez Nov 13, 2018

A principios de julio de 2004, el hoy senador –ya con licencia– de Morena y futuro secretario de Seguridad Pública Federal, Alfonso Durazo Montaño, daba a conocer su renuncia a la secretaría particular de la Presidencia, cuyo titular era el panista Vicente Fox Quesada, y cimbraba a la opinión pública al dejar en evidencia aspectos sombríos de aquella administración, autodenominada del “cambio”, uno que por supuesto nunca existió, y si así fue, sólo quedó en retrocesos derivados de la inmensa hipocresía en campaña, basada en consignas generales que la mayoría de los mexicanos deseaban escuchar.

Si algún candidato en la historia de México ha prometido a cambio del voto un paraíso, este fue Vicente Fox. Promesas como “crecer a 7 por ciento anual” o resolver problemas ancestrales “en 15 minutos” tambien evidenciaron el caracter inmaduro e ingenuo del votante mexicano.

Alfonso Durazo renunciaba, y en la carta en cuestión sólo deslizaba, en líneas generales, un caudal de barbaridades de las que con seguridad fue testigo. Y sí, tenía toda la razón: lo peor estaba por llegar, el infierno estaba a la vuelta de la esquina, la obsesión del presidente por el entonces jefe de Gobierno del Distrito Federal –hoy Ciudad de México– había adquirido tonos enfermizos.

Azuzaba tal obsesión su esposa, una pésima caricatura de primera dama mexicana, que ambicionaba, nada menos y nada más, suceder a su esposo en la Presidencia, para lo cual armó un entramado clientelar por medio de una oscura fundacion de triste recuerdo y de nombre Vamos México, que intercambiaba favores a sus donantes a cambio de aportaciones.

Los alcances del contenido de aquella carta pública de renuncia se quedaron cortos, incluso pienso que para su emisor. Venía la barbaridad de desbarrancar la candidatura de López Obrador en 2006, costara lo que costara: se intentó desaforar y se logró hacer perder el fuero al jefe de Gobierno con un pretexto estúpido; pero la Presidencia tuvo que dar marcha atrás, en un espectáculo de una ridiculez sin parangón en nuestra historia, gracias a la movilización popular y su enorme y efectiva presión.

Pero el asunto no terminó ahí, no; ya en el proceso electoral, con el aval de la Presidencia de la República, se orquestó una campaña de odio y desinformacion fratricida, y todo el peso del Estado y de los poderes fácticos –esto es grandes empresarios, Iglesia, medios de comunicación, el PAN y el PRI, e incluso grupos fuera de la legalidad– lograron que Andrés Manuel López Obrador perdiera la elección mediante las peores artes conocidas en México, cosa que no es poco decir, máxime cuando ya se había logrado construir un sistema electoral muy confiable, que costó décadas y también vidas humanas, el cual, a partir de ese proceso, fue paulatinamente perdiendo buena parte de su confiabilidad.

El hoy presidente electo, López Obrador, declaró hace semanas que los tráileres rebosantes de cadáveres que rondaban por Jalisco cual película de terror, son responsabilidad de Felipe Calderón Hinojosa, y simplemente tiene toda la razón, y no sólo de los tráileres, sino de todo el escenario de muerte y horror que vive el país desde enero de 2007 y la absurda, criminal y perdida “guerra contra el narco” emprendida por el entonces presidente para, segun él, legitimarse ante el fraudulento proceso electoral que lo llevó al poder.

Valentía la de Andrés Manuel en su declaración, sí, pero también valentía ejemplar la de aquella carta, en el verano de 2004, que nos anunciaba que el tan cantado cambio del año 2000 no había sido más que una tristísima farsa. n