La Jornada Guerrero: 12 años no es nada

Escrito por  Roberto Ramírez Bravo Dic 30, 2018

l 31 de mayo de 1984 salí rumbo a la Ciudad de México, con el ánimo de estudiar allá la universidad. Desde la ventanilla del autobús leí en un puesto de revistas el encabezado principal de El Sol de Acapulco –periódico que publicaba mis artículos de opinión por esos años– donde se informaba que en la víspera había sido asesinado el periodista Manuel Buendía.

No pude en ese momento enterarme de la noticia completa, y apenas sabía quién era Buendía. Tampoco pude enterarme de qué había pasado en la semana que le antecedía, con el conflicto en el periódico unomásuno, al que le daba seguimiento a través de la revista Proceso.

Unos meses más tarde, ya instalado en la capital, me topé con un volante que traía un dibujo de El Fisgón. En él se anunciaba el nacimiento del periódico La Jornada, con los nombres de varios periodistas que ya conocía de unomásuno. Cuando se anunció que se haría una venta pública de acciones del nuevo periódico, al que me sentía ligado como lector, decidí ser accionista. Había salido de Acapulco con 23 mil pesos en la bolsa, producto de mi liquidación que había obtenido en Bancomer, donde había laborado como cajero. Al menos una acción podría adquirir, pero en el día indicado se me olvidó la fecha, o me quedé dormido. El caso es que cuando fui al día siguiente era demasiado tarde: las acciones habían volado, literalmente. Fue así como me quedé sin ser accionista del periódico que marcó mis primeros aprendizajes del oficio a través de la lectura de los trabajos que publicaba.

Estando en la Ciudad de México, me enteré de lo que ocurría en Guerrero a través de sus páginas. Conocía a Carlos Yáñez, su corresponsal, sin haberlo visto en persona. Todos los días, mientras viajaba en el metro hacia mi trabajo en Bancomer –que había conseguido tras mi paso por este banco en Acapulco– iba leyendo La Jornada y concluía su lectura en el camino del banco a la escuela y luego en el regreso a casa. Mi otra lectura obligada era la revista Proceso, cada semana. Así fueron mis primeros contactos con el periodismo, a través de lecturas.

La Jornada fue por mucho, escuela y cobijo. Cuando en 1990 regresé a Acapulco y me dediqué al periodismo de tiempo completo, mi primer contacto fue, curiosamente, con el corresponsal de este periódico.

Tuvieron que pasar muchos años todavía, mucho andar en diarios y revistas: Novedades, El Sol de Acapulco, Milenio Guerrero, Controversia, El Sol de Chilpancingo, LaCosta, para que formara parte de la casa que, como he dicho, marcó mis inicios periodísticos. A finales de octubre de 2006, Allan García, que fungía como jefe de Información del naciente proyecto La Jornada Guerrero, me llamó para invitarme a participar en él. Ya había tenido algunas pláticas antes, con Misael Habana, en 2001, cuando se dieron los primeros intentos por hacer cuajar ese proyecto.

Así que no lo pensé mucho y dejé lo que estaba haciendo –dirigía la revista LaCosta–, y me integré a la plantilla de trabajadores de La Jornada Guerrero. Lo demás, fue historia. Ahí desarrollé todo lo que había aprendido antes en los diferentes periódicos que fueron, cada uno a su manera, una escuela.

En La Jornada Guerrero pasé 12 años, en dos etapas. Una, que fue la de empezar como una especie de editor revisor al principio, luego reportero de asuntos especiales, luego reportero general, después jefe de información, hasta llegar a coordinar durante siete años la edición general del periódico. No es placer menor que La Jornada Guerrero haya recibido el reconocimiento de ser la filial que más se apegaba al espíritu de La Jornada.

En 2013 nos dieron el premio nacional de periodismo, a todo el equipo, por la cobertura del desastre. En medio de la crisis que produjeron los meteoros Ingrid y Manuel –la incomunicación, que impidió el traslado físico de los ejemplares, impresos en la Ciudad de México–, en La Jornada Guerrero nos lanzamos a la aventura de aumentar el número de páginas, y de modificar completamente el diseño de sus páginas para visibilizar más lo que estaba pasando.

Durante siete años trabajé muy de cerca con Félix Salgado Macedonio, él como director general y yo como coordinador de Edición, y es hora de hacer cuentas. De Félix Salgado se esperaban muchas cosas, no sé si buenas o malas, pero lo que yo en lo personal encontré fue un hombre dispuesto a luchar incluso contra sí mismo, para evitar imponer sus ideas. Hubo, desde luego, momentos de discrepancias, pero él siempre las resolvió en favor del periodismo.

No recuerdo ningún momento en que haya impuesto su voluntad, frente a un argumento sustentado respecto a alguna publicación. Félix Salgado fue tolerante, y aunque como político es de entenderse que tuviera sus intereses, no los impuso por sobre la línea informativa. Al contrario, fue receptivo y, sobre todo, amigo.

Desde 2015, inició una nueva etapa para mí en el periódico. Dejé la coordinación de Edición y regresé a lo mío, que es el oficio de reportero raso, donde me he ubicado hasta hoy.

Pero los ciclos se cierran, y ha llegado el momento de despedirme de La Jornada Guerrero. He pasado los últimos 12 años en esta casa, que aun retirándome, no me voy del todo, pues aquí dejo a mis amigos. Mi agradecimiento y mi respeto para Félix Salgado Macedonio y para la actual directora, María del Sol Salgado Pineda. Mi afecto siempre para los compañeros reporteros y editores que se quedan.

La vida nos marca derroteros, y hay que asumirlos. n