Tlahuelilpan

Escrito por  Ginés Sánchez Ene 22, 2019

La dantesca tragedia de Tlahuelilpan, en el estado de Hidalgo, donde se puede ver en videos correr gritando de horror a auténticas antorchas humanas, rebasa cualquier ficción, incluso la misma obra literaria clásica de Dante Alighieri.

Dejará muchas más preguntas que respuestas la declaración del flamante fiscal general, Alejandro Gertz Manero, en relación a las “telas sintéticas usadas por la gente”. No dista mucho del “ya me cansé” de Jesús Murillo Karam en el marco de la matanza en Iguala de los normalistas de Ayotzinapa.

Era más sencillo atenerse a los testimonios, varios, de testigos que dicen haber visto a gente fumando en las inmediaciones, mientras recogían el combustible del geiser de gasolina Premium.

La verdad, no está de más decirlo, nunca la sabremos, como a la fecha no se sabe casi nada del caso Colosio, pasando por los de Mouriño, Blake Mora, Ramón Martín Huerta y (ya yéndonos más atrás) del mismísimo Álvaro Obregón. Muchos argumentarán: “Si de Kennedy no se supo nunca la verdad...”, y tienen razón, pero no está de sobra el apuntar un puñado de reflexiones respecto al caso reciente en el estado de Hidalgo.

El pasado domingo 13 de enero, en el poblado de Santa María Ahuehuepan, municipio de Tula, no sólo también en Hidalgo, sino que sólo a 20 minutos de distancia en automóvil de Tlahuelilpan, en un operativo que trataba de parar un robo hormiga de la gente del lugar, muy parecido al ocurrido el viernes y que cada vez son, no nuevos –pues antes los medios no le daban casi cobertura de estas últimas semanas–, pero sí cada vez más comunes y generalizados, un huachicolero resultó muerto.

Bien, los mismos pobladores secuestraron, ni más ni menos, que a un grupo de militares; se habla de un número entre diez y tres. Les pusieron tremenda golpiza, hasta dejar con el rostro desfigurado a uno de ellos por la tortura. Por ahí circulan fotos en Internet.

Estos militares sólo pudieron ser rescatados del pueblo enardecido, con señoras y niños presentes, seguramente azuzados por líderes huachicoleros, mediante un operativo conjunto entre Ejército, Marina y Policía Federal; por nada y son muertos por linchamiento.

El fenómeno del huachicoleo dista mucho de ser nuevo, lo mismo tragedias relacionadas con eso, con muchos muertos calcinados ya contabilizados, sobre todo durante los últimos 18 años.

Es sabido que el negocio empezó a florecer en el sexenio de Vicente Fox y se convirtió a la postre en un cáncer que comenzó sí en la punta de la pirámide, pero que pudrió ya a todos los niveles y llegó hasta la base misma, esto es la población en general, con localidades rurales completas dedicadas al robo de combustible, hasta alcanzar la linda cifra que ha trascendido: los gasolineros, en promedio, sólo compraban a Pemex 20 por ciento de las gasolinas; el resto, por fuera.

Esto fue una auténtica mina de oro, repito, en todos los estratos sociales. Aquí pocos se salvaban: el alto ejecutivo de Pemex, el sindicato, alcaldes, gobernadores, empresarios chicos, medianos y grandes, campesinos y, en no pocos casos, consumidores bien conscientes de lo que compraban, pues había expendios improvisados, con galones, incluso a pie de carretera.

El pueblo ya pagó las consecuencias, con una muerte espantosa el viernes; muchas docenas de familias vivirán en luto para siempre, y otras aun algo peor, con quemados que se debaten entre la vida y la muerte, y los que sobrevivan nunca llevarán de nuevo una vida normal, ni de lejos.

Ahora bien: ¿los grandes huachicoleros, para cuándo? No veo, francamente, intenciones firmes de llevar ante la justicia a un Emilio Lozoya, un Romero Deschamps o un José Antonio González Anaya, por mencionar nombres, o hasta algún presidente, ni a líderes de cárteles especializados en robo de combustible. De estos últimos, ni los nombres sabemos, para acabar pronto.

Una política de punto final, como la tan cantada por el presidente López Obrador, puede ser la mismísima tumba de una cuarta transformación, que sin duda parece ya haber arrancado con firmeza, pero puede terminar en una ilusión más, un fiasco total, muy parecido a la promesa de campaña de Vicente Fox en 2000, de “crecer al 7 por ciento anual y la captura de sus peces gordos”.