Eros pedagógico

Escrito por  Eduardo López Betancourt Feb 16, 2019

Recién se celebró el Día del Amor y la Amistad, el pasado 14 de febrero. Aunque es una fecha muy denostada, por sus implicaciones de mercantilismo y su fomento al consumismo (los que en realidad disfrutan el día son los grandes comerciantes, por sus ganancias), constituye también un momento para reflexionar sobre los varios sentidos que damos al término amor hoy en día.

Quiero referirme a un tipo de amor en particular que me ha marcado a lo largo de toda la existencia, en mi camino como profesor. Se trata del eros pedagógico, esto es el amor por la práctica educativa y por los alumnos. Considero que se trata de un requisito esencial para ser un buen docente; cuando se carece de esta cualidad, nunca podrá ejercerse la enseñanza en ninguno de sus aspectos y ámbitos.

Eros, el dios griego del amor y la sexualidad, se ha asociado no sólo con el deseo sexual y la relación amorosa humana; también se refiere a la pulsión creativa, a ese espíritu permanente de renovación y florecimiento que se observa en la naturaleza. Como eros pedagógico, se refiere principalmente a esta segunda concepción, a ese sentimiento hacia los alumnos que tiene el buen docente, que surge de ver en ellos almas en formación y crecimiento, y darse cuenta de que gracias a los conocimientos que les imparte y a sus palabras de aliento podrán crearse y florecer hacia su máximo desarrollo.

La amistad es otro terreno, otra de las maneras en las que puede entenderse el afecto, cuando hacia quien se siente el vínculo es alguien de otra sangre, pero que se quiere como si fuera de la propia. El maestro no debe ser “amigo” de los alumnos, hay que prevenir de esa ilusión como ya lo hizo hace décadas María Zambrano. Entre el maestro y los alumnos hay un marco de institucionalidad que se interpone en la construcción de esos vínculos, los vuelve artificiosos. Podrá darse una amistad en otros terrenos; por ejemplo, tratándose de la educación superior, cuando luego del tiempo los antiguos alumnos se convierten en colegas fraternos; en mi caso, algunos de los que fueron mis pupilos en las aulas de derecho son ahora amigos de alma y corazón, lo que es motivo de regocijo.

Sin embargo, insisto, el maestro no debe ser amigo de los alumnos. Ha de ser cordial y gentil, darles lo mejor en el trato, pero nunca ser condescendiente o blando como a veces se permite ser con los amigos. El maestro debe ser severo en este sentido, porque lo que busca no ha de ser caerles bien, sino ayudarlos a alcanzar su máximo esplendor.

La docencia es un terreno que requiere un carácter íntegro y honesto. Quien es movido por intereses exclusivamente individualistas, o actúa de manera pusilánime o timorata, nunca podrá ser un buen maestro, en el más amplio sentido de la palabra. Mucho menos podrá serlo quien siente odio o aversión hacia su práctica y sus alumnos; abundan esos malos maestros, que parecen querer desquitar en los jóvenes todas las frustraciones de sus torcidos senderos. A ellos debería prohibírseles la práctica de la enseñanza.

Así, el amor hacia la práctica pedagógica es el amor hacia la juventud, hacia la esperanza que se ve en cada uno de los pupilos, de ser los artífices de la construcción de un mejor futuro. El profesor ha de quererlos como se quiere a hijos propios, y luchar por hacer de cada uno de ellos lo mejor, y brindarles las mayores opciones que permitan explotar su potencial. n