Acostumbrados a la corrupción

Escrito por  José de la Paz Pérez Feb 25, 2019

“La solución somos todos”, fue el eslogan de campaña en 1976 de José López Portillo quien, a la postre, sería electo presidente de México; el ingenio nacional, sin más ni más, convirtió la frase en “La corrupción somos todos”.

Causa hilaridad esta aptitud que tenemos para parodiar, sí; hay cierto orgullo en todo esto y hasta parece cosa de risa, y de hecho lo es; parece que es algo que debemos festejar, y no, no lo es.

Todos los días nos quejamos de que tal o cual político o servidor público es corrupto: que se roba el dinero del pueblo, que nos pide mordida para tal o cual trámite, o que me presiona para que le ofrezca una dádiva.

Tenemos la idea, o así nos conviene que parezca, de que sólo el político vive en corrupción.

“Alterar y trastrocar la forma de algo”, dice la Real Academia Española de la palabra Corromper, por lo que todos vamos implícitos o somos sujetos de corromper o ser corrompidos.

“El que no tranza no avanza”, “No importa que robe, pero que salpique”, “No quiero que me den, sino que me pongan donde hay”, son citas que ¿cuántas veces no hemos repetido o les hemos dado vida con nuestras acciones cotidianas?.

Cuando vemos en las noticias que México es de los países más corruptos nos indignamos con nuestros políticos y nuestro gobierno con razón suficiente, pero ¿y nosotros los ciudadanos?, ¿cuál es nuestro nivel de participación en estos logros?.

Hay un ejemplo muy simple que nos permite ver una parte de nuestra realidad: Cuando circulamos a bordo de un auto, manejando o como pasajeros, si vemos que alguien se pasa el alto lo criticamos severamente; pero cuando llevamos prisa y cometemos la misma infracción, nos justificamos y hasta nos molestamos cuando otros automovilistas nos reprochan nuestra falta.

Es decir que otros no deben actuar de manera indebida, pero nosotros sí; podemos ser corruptos, pero criticamos si otros lo son. La paja en el ojo ajeno, pues.

Actualmente hay en Acapulco una ola de protestas generada luego de que las autoridades municipales comenzaron a cerrar expendedoras de gas LP que operaban con evidentes irregularidades y que, por tanto, entre otras cosas, ponían en riesgo la seguridad de los vecinos de donde están ubicadas.

Los datos ahí están: 95 por ciento de las 176 gaseras que hay en el municipio tienen alguna irregularidad, como la falta de títulos de permisos de la Secretaría de Energía, de estudio de impacto ambiental, de pólizas de seguro, de memorias técnico-descriptivas, de licencia de funcionamiento y de factibilidad de uso de suelo.

Pero como anteriores administraciones les permitieron trabajar de manera irregular, ahora las amas de casa –en particular– salen a las calles a exigir que las reabran. Es decir que cuando la autoridad quiere aplicar la ley –que para eso la elegimos y para eso está– nos enojamos y manifestamos que preferimos que todo siga igual.

Los inconformes han dicho que no tienen dinero para comprar tanques llenos, que además vienen, dicen, ordeñados; también han alegado que prefieren tener quien les venda el producto lo más cerca de sus casas posible, sin importar que los tanques y las válvulas de esas instalaciones hayan caducado o que el equipo contra incendios sea obsoleto y que los cilindros perforados permitan la fuga de gas, situación que pone en real peligro a los vecinos.

O sea que los manifestantes no exigen a la autoridad que meta en cintura a cualquier tipo de empresa que ponga en peligro la vida de los acapulqueños, sino que deje las cosas así como están; el gatopardismo en su máxima expresión: cambiamos de gobierno para que todo siga igual.

Lo mismo ocurre en el ámbito nacional.

Hemos sido testigos desde hace varias semanas de la lucha del gobierno federal contra el robo de combustible, el tema tan abusado del huachicoleo. Las acciones de cierre de válvulas para evitar que se siguieran saqueando los ductos causó desabasto en gran parte del país y, a la postre, repudio al jefe del Ejecutivo, Andrés Manuel López Obrador.

A grandes males, grandes remedios. Desde luego que habría afectaciones en la búsqueda de solucionar un problema que tenía años sin ser atendido y, no sólo eso, fomentado desde las esferas del poder, desde la corrupción oficial.

Se intentó linchar políticamente al Presidente y hasta se llegó a pedir su renuncia. ¿Por qué? Sólo porque estaba haciendo lo que el pueblo le pidió cuando optó por el cambio que él representaba: atacar la corrupción y la impunidad.

Sí, queremos que el gobierno acabe con la corrupción de los demás, pero que a nosotros nos deje en paz, en nuestra comodidad, parece ser el mensaje cínico de quienes no queremos mover un dedo para que las cosas realmente cambien, para bien. n