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La SCJN y sus orígenes

Escrito por  Eduardo López Betancourt Abr 18, 2019

La organización actual de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) data del 31 de diciembre de 1994. El gobierno entrante en ese momento realizó un cese masivo de los 21 ministros numerarios y cuatro supernumerarios, en un acto que más que considerarse inconstitucional, se asemejó a un Golpe de Estado.

Las opiniones sobre este acto insólito se dividieron. Para algunos, se trató de una coalición perversa entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, unidos para violentar la Constitución y desaparecer la cabeza de un poder constituido. En favor de la decisión se dijo que fue una medida drástica para frenar la corrupción y las inmoralidades, que además se haría un cambio total, esto es, se les exigiría renunciar a magistrados y jueces, lo cual nunca sucedió.

Lo cierto es que la actual Suprema Corte de Justicia de la Nación, conformada por 11 ministros, tiene ese origen espurio, que en el mejor de los casos resulta cuestionable. En el marco de esa decisión presidencial se estableció la base de la configuración actual de nuestro Poder Judicial Federal.

En el transcurso de los años, de 1994 a la fecha, el Poder Judicial consolidó cierta independencia frente a los otros poderes, pero lamentablemente desvió el camino hacia senderos poco democráticos. En los casos críticos, se ha visto un Poder Judicial sumiso a intereses oscuros y al “entreguismo”, proclive a la consigna; ejemplos abundan como el anatocismo y las resoluciones favorables “a modo”. La Corte se dedicó a perseguir sus propios intereses; esto es claro en hechos como el aumento desproporcionado de sueldos y canonjías sin ningún decoro ni prudencia, y no se diga el descarado nepotismo, que no sólo es algo públicamente conocido, sino también una auténtica práctica “institucionalizada”.

Actualmente es imposible encontrar a un ministro, magistrado o juez que no tenga parientes favorecidos dentro de la institución. La desfachatez no tiene límites: los hijos, nietos, sobrinos son beneficiados; se les permite ocupar cargos para los que no están preparados, gracias al influyentismo. Este poder debería cambiar de nombre, y asumir la bien ganada denominación de “Poder Judicial Familiar”.

En buena medida, un tercer fenómeno que se observa es la incapacidad de los funcionarios judiciales, que son productores de sentencias contradictorias, que auténticamente se venden al mejor postor. El Poder Judicial es controlado por los grandes y ampulosos bufetes de abogados, quienes sin más, mantienen contubernio con los juzgadores. Recientemente, una de las múltiples asociaciones de abogados que hay en nuestro país, sin recato ni autoridad moral han criticado las iniciativas de reforma que hoy nos reúnen; es claro que esto lo hacen porque son amigos y socios de los hombres de toga. Se saben incluso de casos de descaro en los que ministros y magistrados se vuelven socios de los propios despachos de los abogados de postín.

Podemos seguir con la enumeración de las fallas, traspiés, contradicciones y corrupciones del Poder Judicial Federal. El mal desempeño es evidente en el desprestigio y desprecio que sienten los ciudadanos hacia los jueces; en el mejor de los casos, lo que se tiene es la desconfianza social. Además, debemos hacer notar el “gigantismo”, la manera exagerada como ha crecido el Poder Judicial: cada vez hay más juzgados de distrito y tribunales, minimizando y en los hechos, desapareciendo la justicia local. Consideramos que el Poder Judicial debe respetar el federalismo y nunca monopolizar la justicia. La presencia de un Tribunal Federal debe ser la excepción en todos los procesos legales y no, como ya se da el fenómeno actual, la última instancia, pues por vía del amparo es la regla que todas las controversias acaba por resolverlas un Tribunal Federal.

Al crecimiento inmoderado debemos agregar el tortuguismo; hay asuntos de toda naturaleza que duran años en perjuicio de los ciudadanos. La ineficacia por tanto es lo cotidiano y de nada sirven los más de 800 juzgados de distrito, tribunales colegiados, unitarios y de circuito para resolver y combatir el retraso judicial. En este tema el Consejo de la Judicatura Federal  se ha convertido en un elefante blanco, con decenas de miles de trabajadores con sueldos escandalosos y donde los empleados de confianza pululan sin misericordia. Por supuesto esos jueces y magistrados de sueldos ofensivos, sin decoro salieron a la calle a protestar por la reducción de sus haberes, pero olvidaron precisar las impactantes cantidades en que venden sus resoluciones y eso sí, alegaron independencia del Poder Judicial, algo totalmente inexistente; desde siempre el Poder Judicial ha sido un aliado y un apéndice del Ejecutivo y ahora que se les quiere transformar sollozan, se angustian y lloran los nada respetables hombres de la toga, sin que deje de precisar y con claridad, que hay entre ellos, casos de excepción, brillantes y destacados jueces que merecen nuestra veneración, pero en su inmensa mayoría pillos a más no poder. n