Libertinaje de expresión

Escrito por  Ginés Sánchez May 21, 2019

Con muy leve esperanza de que lea mi texto la ministra del interior, doña Olga Sánchez Cordero, que además de titular de la Secretaría de Gobernación es una de las jurisconsultas más brillantes de nuestro país, sin duda.

El señor Víctor Trujillo, con su decadente personaje de payaso alcohólico, conocido como Brozo, se ha excedido en sus opiniones, y voy a hacer énfasis en cuanto a la forma de las mismas, y dejar el fondo de lado, ya que en Mexico, si algo hemos gozado relativamente siempre, pero hoy en día más que nunca en nuestra historia, es de libertad de expresión; nos debemos todos ceñir a la maxima, atribuida popularmente, a Voltaire: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a expresarlo”.

Pero, secretaria Sánchez Cordero: una cosa es ventilar y opinar acerca de cualquier tema de interés público, en el sentido que sea, que de hecho es parte fundamental de la formación de ciudadanía, son sanos y propicios la cultura y el debate políticos, y otra muy diferente el vociferar insultos que, de hecho, no llaman precisamente a aminorar la indeseable escalada en el clima de violencia en que ya vivimos.

Hasta ahí todo (antes de Brozo) iría muy bien, y creo que, salvo algunos casos en los que se cae en excesos de torcer información o de plano falsearla, interpretar erróneamente acontecimientos por algunos comunicadores o exagerarlos, ya sea voluntaria o involuntariamente, el señor Trujillo sí ya ha sobrepasado los límites que se pueden permitir. De entrada, yo recuerdo que antes del sexenio de Vicente Fox no oía uno una sola palabra soez o altisonante en radio o televisión; esperar una cosa así, impensable.

Gobernación vigilaba en tiempos del PRI partido de Estado todo y llegaba a sobrepasar, de vez en cuando, algunos límites, como el decidir qué películas se podían exhibir en México en los cines y cuáles no, y los títulos con los que se presentaban, por mencionar un ejemplo.

En televisión es casi una leyenda urbana aquel veto sufrido por Manuel El Loco Valdez, en el sexenio de Luis Echeverría, por osar faltar el respeto a Benito Juárez al llamarlo “Bomberito Juárez”, o el veto puesto por Salinas al periodista Guillermo Ochoa, o los de Gutiérrez Vivó y Aristegui, en tiempos de Fox y Calderón, respectivamente.

Bienvenida la plena libertad de expresión, sin duda, pero una cosa es opinar y externar puntos de vista, ya se sitúen dentro de lo más moderado o radical que se quiera, y otra muy diferente es insultar abiertamente al pueblo de México lanzandole ladinamente epítetos como “la perrada que compra cualquier mierda”.

Eso no abona en nada más que a una indeseable polarización de la sociedad, a la falta de armonía en la vida pública y cotidiana en México, al odio estéril, a la crítica no constructiva. Víctor Trujillo nos ofende a todos, nos enfrenta; esto en un país que vive sus 12 años más violentos después de la Revolución.

Voy más allá: en su repuesta a los obvios y naturales ataques a manera de réplica que tuvo de la gente vía redes sociales, el señor Brozo trata de hacer toda una absurda disertación de lo que “debe” el ciudadano hacer o decir respecto a su presidente y también de cómo esto, paradójicamente, contraviene la mismísima esencia de lo que supone la libertad de expresión misma.

Yo –y créame que mis palabras reflejan el parecer  de millones de mexicanos que se sienten agredidos por el payaso en cuestión– no puedo presenciar el espectáculo de que el Estado se cruce de brazos, si de por sí ha sido “fallido” en no pocos temas. Nadie pretende que se le vete, que se saque del aire su programa de radio o televisión; no, nada cercano a eso; así contravenga todo lo que el Presidente y el actual gobierno federal hagan o digan, no; pero la Secretaría de Gobernación a su cargo cuenta con otros resortes, otras atribuciones de ley para ponerle límites a la vulgaridad y a la violencia verbal de este personaje y sus patanerías, como, por ejemplo, alguna multa, ya sea para él o para el medio para el que trabaja, algún apercibimiento, llamada de atención, amonestación o lo que, insisto, por ley, proceda.

En México no podemos tampoco permitir que nuestra máxima institución política, la Presidencia de la República, continúe su proceso de degradación, iniciado en el 2000 con Vicente Fox, así Andrés Manuel López Obrador, jefe del Estado mexicano, no esté de acuerdo con tal cosa.

El haberle dicho al Presidente en su último programa palabras tan escalofriantemente groseras como la nebulosa y ofensiva frase del “sangra y caga” que, créame, repliqué aquí lleno de vergüenza, asco y malestar, incluso dudando de si hacerlo o no, sencillamente no se puede dejar pasar bajo ninguna circunstancia, ya no digamos en México, sino en ninguna parte del mundo.

¿Dónde queda el mínimo respeto a la autoridad, qué podemos esperar de un niño cuando crezca, o de un ciudadano de a pie que oiga semejante cosa al dirigirse, por ejemplo, a un policía de tránsito o a algún funcionario de alguna ventanilla gubernamental al hacer un trámite cualquiera, por no mencionar a los criminales frente a cualquier fuerza del orden?

Que se tomen cartas en el asunto, ojalá. Si no, que no nos extrañe que todo este clima termine en un ambiente envenenado, como el no deseable, por nadie, recuerdo del año maldito de 1994 y sus demonios sueltos.

Cuidado con eso, que se está ya jugando con fuego, y no precisamente se trata de huachicoleros, sino de algo aun más peligroso. n