¿Guardias nacionales?, todos

Escrito por  Isidro Bautista Soriano Jul 25, 2019

No se ve, de plano, cuándo se pondrá fin a la inseguridad o al grado de violencia. La gente se volcó con el voto abrumador por Andrés Manuel López Obrador ante el grano de esperanza que le sembró con la promesa del cambio, y él está obligado de manera inquebrantable a no fallar.

México, y de manera especial Guerrero, no quiere un segundo Vicente Fox, que desilusionó, porque está harto, pero harto, de las garras cada vez más horrorosas que casi a cada paso observa del crimen organizado.

La lluvia de muertos no cesa, lo mismo de noche que de día, lo mismo en despoblado que en muchedumbre. En plaza Condesa, en Acapulco, hubo disparos sin importar el hecho de que pudieron haber acabado con la vida de inocentes.

Y la Guardia Nacional, concretamente en esta entidad federativa… como si no estuviera. No le ha dado ni un rasguño. En Taxco, la semana pasada, la delincuencia, apenas al salir el sol, en narcomanta, no tuvo empacho en amenazar: “… los vamos a matar a ustedes o a sus familias da igual Guardia Nacional…”.

Habrá que dar, al menos, el beneficio de la duda a López Obrador. Es fácil criticarlo. Apenas cumplirá ocho meses de gobierno, ante un monstruo que dejaron crecer como bola de nieve los que lo antecedieron en el cargo, tanto del PRI como del PAN.

Con o sin Guardia Nacional, o con el dicho de que ésta es la misma gata pero revolcada, lo importante es que le haga frente, con lo que él crea que podrá. Fox cambió sólo de nombre a la Policía Judicial Federal (PJF) por Agencia Federal de Investigación (AFI), y salió lo mismo: sin los resultados que esperaba la gente. Y hoy no tiene vergüenza en despotricar contra AMLO.

El pueblo quiere ver resultados, no a un gobierno que mande a las fuerzas del orden a limitarse a gastar gasolina. Quiere ver a López Obrador que ahora pase de las palabras a los hechos para actuar contra la mafia del poder pero no sólo de la que entraba y salía de Los Pinos, sino también de la que en la calle hace de las suyas, con un descaro sin paralelo.

Si bien es cierto que el asunto de la delincuencia organizada es competencia constitucional del gobierno federal, los otros dos niveles, estatales y municipales deben poner la parte que les corresponde, que es la prevención, y, obvio, también la sociedad en general.

Héctor Astudillo, gobernador, ha dado muestras frecuentes de no estar cruzado de brazos ante ese barril de pólvora que tiene enfrente. Su gobierno lo inició con una reunión del gabinete de seguridad, y esta misma semana se entrevistó con el secretario del ramo federal, Alfonso Durazo, para buscar mejor coordinación institucional, porque a él también recibió un voto de confianza, al que ha ido correspondiendo a lo que da el ámbito de sus facultades legales.

Aquí la Iglesia, principalmente la católica, por ser mayoría, debe salir de su modelo que ha sido pura tradición de siglos, y enfocarse a predicar la palabra que, de verdad, sirva de espada celestial contra las tentaciones del enemigo. El obispo Salvador Rangel, de Chilpancingo, hace homilía con la nota roja del periódico en lugar del misal. Se la pasa diciendo que cada vez está peor la violencia, y hasta se ha puesto como interlocutor entre las bandas, aparte de entrarle a la grilla política, con un exhibicionismo que su misma biblia condena.

Quienes son lopezobradoristas no sólo deben defenderlo hasta a ciegas, sino asumir una postura de autocrítica, o de plano, callar. Nadie es perfecto: ni pueblo ni gobierno. Justamente éste ha tenido siempre en alto la bandera de guerra contra la corrupción, la máxima de no solapar, encubrir o coludirse con nadie, al margen de la ley. Por eso ganó, como Fox hace veinte años.

En casa debe uno, al menos, preocuparse y ocuparse en fomentar los principios y valores en los hijos. La mayoría de los que caen como socios de la delincuencia y –¿por qué no decirlo?– como muertos es joven, de entre 16 y 25 años, incluidas mujeres, más en un estado tan pero tan pobre como Guerrero, que en lugar de que le recorten deben aumentarle el presupuesto que requiera.

Así como un día le gritaron a Zeferino Torreblanca, una vez que se convirtió en el primer gobernador no priísta de Guerrero, así ahora éste parece volver a gritar: no nos falles López Obrador. n

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