Protección de la familia

Escrito por  Eduardo López Betancourt Oct 07, 2019

La familia no debe confundirse con el matrimonio; éste último como bien sabemos es uno de tantos instrumentos para formar una familia, pero deben diferenciarse ambos conceptos, ya que como es evidente, un matrimonio (contrato o sociedad) por si solo no constituye una familia, sino cuando hay descendientes, adoptados, o bien, en otro tipo de circunstancias (relación con padres u otros parientes); por lo contrario, hay familias que no se originan en el matrimonio; en más, desde nuestro particular punto de vista, el matrimonio es una institución caduca, obsoleta, que requiere revisarse.

Otras figuras como el matrimonio por comportamiento o el concubinato, identificado con el mismo matrimonio, son formas inteligentes para superar esa manera solemne en que se ha entendido el matrimonio, misma que en ocasiones se confunde con un mecanismo para pérdida de la libertad, o bien como un instrumento para asegurar condiciones jurídicas que distan mucho de lo que implica el matrimonio en sí, como es el cariño que deben profesarse quienes lo contraen.

Nuestra convicción y planteamiento, considera que lo relevante es la familia, más no el matrimonio. La familia se constituye por una decisión de las partes adultas, con el fin de protegerse, ayudarse, ampararse; asimismo, educar y formar completamente a los menores que la integran. Cabe añadir –porque atañe al tema– que el concepto de familia, no ha sido definido de manera completamente satisfactoria por los códigos civiles ni familiares, circunstancia que debe promoverse para ubicar tanto sus fines, como sus principios.

Mi reflexión respecto al matrimonio, puede parecer audaz; empero, me place añadir un concepto del insigne Benito Pérez Galdós, quien en su obra Fortunata y Jacinta, pone en boca de don Evaristo Feijuo (personaje ficticio, que con justa razón es estimado autobiográfico) el siguiente juicio: “Sigo creyendo que el casarse es estúpido. Lo que llaman infidelidad no es más que el fuero de la naturaleza, que quiere imponerse al despotismo social......”.

A mayor abundamiento, dicha expresión data de añejos tiempos, ya que la vida de Pérez Galdós transcurrió de 1843 a 1920; prolongado lapso que le brindó la ocasión de reseñar magistralmente las guerras Carlistas, el atraso y las costumbres mojigatas de la España del siglo XIX. Esta consideración hace más singular aún, el pensamiento galdosiano.

Es usual en este tema –particularmente en las civilizaciones iberoamericanas– que la familia la integren padre, madre, hijos e hijas y algunos parientes; suele suceder con frecuencia que en el ámbito familiar haya violencia, generalmente el padre golpea a su pareja o a sus hijos; tal conducta es deleznable, sobre todo, si se realiza de manera bestial y con frecuencia.

En nuestras legislaciones hay disposiciones expresas para castigar los golpes, las graves lesiones que se infieren a los menores; no obstante, tales medidas no han sido suficientes. En la praxis, generalmente la ley no funciona, en ocasiones por corruptelas y otras porque los hechos no se denuncias por temor, o bien formulada la denuncia respectiva, proviene el arrepentimiento o desistimiento de las víctimas. Sí estamos de acuerdo en que las medidas tomadas no han resuelto el problema, ¿qué hacer?; sin lugar a dudas, en el caso de los menores de edad golpeados, la pérdida de la patria potestad por parte de los agresores, es fundamental, y el divorcio o separación automática, para el caso del cónyuge o pareja golpeada; en ambas circunstancias deben privarse y aplicarse sin más a favor de las víctimas, los bienes propiedad del agresor. Esta medida parecerá demasiado drástica, pero el problema de la violencia interfamiliar requiere resolverse con rigor y de una vez por todas. n