Claude Levi-Strauss

Escrito por  Ginés Sánchez Dic 17, 2019

El antropólogo e intelectual francés Claude Levi-Strauss (1908-2009) y su enorme legado en tantas disciplinas, el estructuralismo que subyace en todas las relaciones y los fenómenos del ser humano. Una de sus tesis principales, y simplificada al extremo, es que los pueblos no occidentales, es decir los menos desarrollados científica y tecnológicamente, no necesariamente suponen la superioridad de Occidente y sólo estas diferencias tengan su origen en una relación distinta con el resto de sus semejantes y con su entorno natural; en el entendido que Levi-Strauss vivió durante el convulso siglo 20 y fue testigo directo de los horrores de la tal vez centuria más antropocentrista en la historia de la humanidad, y dada su condición de antropólogo y parte de esta nuestra especie, homo sapiens, su obra completa es más limitada de lo que podríamos pensar.

La visión del francés sería mucho más acertada si se refiriera ya no a las civilizaciones humanas y su origen en cuanto a espacio y tiempo, sino al mero hecho de que nuestra especie es inferior a todas las demás en cuanto a su muy diferente relación con sus semejantes y con su entorno que la del resto de las especies, ya no sólo siquiera del reino animal; una especie continuamente torturada, y en esto estemos ciertos, la única, con el naturalísimo hecho de que su existencia es no sólo finita, sino ridículamente efímera. De ahí que a lo largo de milenios el hombre se ha intentado aferrar a métodos que lo intenten acercar con dioses, y ha habido épocas y regiones en las que toda la existencia ha girado o gira alrededor de religiones o disciplinas, cercanas y propias o lejanas y ajenas, que tratan de atemperar los demonios que el ser humano lleva por dentro y lo desgarran.

Las demás especies en este pequeño punto azul en medio de la inmensidad viven su existencia en armonía, si acaso al matarse unas a otras sólo obedecen a leyes superiores y equilibradas de este mundo, pero en armonía al fin y al cabo. Reza un proverbio asiático que “el pájaro no canta porque tenga una respuesta. Canta porque tiene una canción”. El hombre, aun cantando, no deja de martirizarse con preguntas y dudas existenciales, y con culpas, pues esta especie hace el mal porque muchas veces está en su esencia; no así los animales, que lo hacen porque las cadenas alimenticias son parte de esa armonía que sólo ha venido a romper una sola especie, a todas luces intrusa: la nuestra, tan intrusa que ha llegado al extremo de afectar para mal, y a dañar ya al planeta mismo.

Hasta la aparición Nicolás Copérnico, en épocas renacentistas, y su teoría heliocéntrica de nuestro pequeño sistema solar, el ser humano no tenía dudas sobre ser el centro del universo y razón de existencia del mismo. En culturas alrededor de todos los tiempos, la certeza geocéntrica raya en lo ridículo. Ejemplos sobran: en el cristianismo, un hombre común, predicador del bien, fue llevado al extremo de ser considerado el mismísimo dios humano en la tierra; en la mitología griega, el dios de los mares, Poseidón, se siente insatisfecho por la falta de vida humana en su reino, y ambiciona extender su poder a tierra firme, sólo por la fascinación de la “vida racional” que en él había. Faltaría ver al supuesto Poseidón presenciar lo que estas criaturas, por las que sentía dicha y admiración, provocarían en él al ver una matanza de ballenas efectuada por japoneses despiadados, o desprendimientos de partes de los casquetes polares debido al cambio climático causado por nuestra enferma orgía de ambición material.

Habría que tener bien en cuenta que no somos el centro de absolutamente nada, que en el afán de tener una existencia (supuestamente) más llevadera, estamos heredando un infierno aun mayor a las generaciones venideras. Tendríamos que leer una de las últimas intervenciones de Levi-Strauss, respecto al problema acarreado por la globalización, efecto que él mismo, décadas atrás pudo adivinar, en el año 2005, y vencido por la realidad del derrotero humano, expresó ya no sólo sus preocupaciones por nuestra especie y sus nocivas relaciones de todo tipo con sus congéneres, sino aun más: la inquietante y terrible situación de la deforestación y la desaparición de especies por causa del homo sapiens y todo el daño infligido por éste a su entorno natural. Expresó sin ambages, y a manera de despedida, que se marchaba de un mundo al que ya no podía amar.

No sobraría rememorar una frase muy famosa de Albert Camus: “Yo nací a medio camino entre la miseria y el sol. La miseria me ha impedido ver que todo está bien en la historia; y el sol me ha enseñado que la historia no lo es todo”. n