Avión presidencial

Escrito por  Ginés Sánchez Ene 06, 2020

Que “la política no es una ciencia, como muchos señores profesores se imaginan, sino un arte”, sentenció Otto von Bismarck. También, que este mismo arte en cuestión “es la historia de lo que se está haciendo, o de lo que se está deshaciendo”, según Henry Bordeaux. Este par de citas viene muy a colación con los vientos de cambio vividos en México.

Desde el veneno esparcido por algunos comunicadores reputados, en cuanto a la (falsa) versión de que el avión presidencial adquirido por Felipe Calderón en sus últimos meses como presidente, para goce y disfrute de su sucesor, Enrique Peña Nieto, va a regresar para utilizarse en las giras del presidente López Obrador, hasta una danza de cifras y especulaciones, de que si costaría lo mismo, más o menos, el tenerlo en México para los viajes presidenciales, pasando por las críticas sin fundamento alguno, ni conocimiento de causa, de que dicha decisión, de mantenerlo varado en un hangar en California, supone un simple “capricho”, pocas explicaciones leemos de que ese tipo de adquisiciones se trata de contratos financieros bastante complejos, tipo leasing (arrendamiento) algunos, híbridos, otros, o sea que no es como ir a comprar a una agencia un Datsun de medio pelo, endosar la factura y listo. Ademas, ya se ha explicado que los lujos, el tamaño y las características de la aeronave de marras hacen que el mercado para la misma se reduzca a lo minimamente estrecho, dificultando obviamente su eventual traspaso.

Sin embargo, muchos son los que, para este asunto, tienen una mentalidad de gris auxiliar contable o de simples cuentachiles, y no entienden (o se hacen como que no) que se trata, muchísimo más que cualquier otro fin, de enviar un claro y contundente mensaje, tanto a toda la clase política mexicana como a los ciudadanos, en el sentido que vivimos un cambio, un cambio tanto de formas como de fondo. Aplicaría aquí que “en política, la forma es fondo”. Así que pierden su tiempo los analistas y periodistas que arrastran el lápiz, sacan su calculadora y especulan con números, porque sencillamente se trata de un asunto de Estado, con importancia tal que no se puede cuantificar su eficacia y motivaciones a una reducida cuestión vulgar de pesos y centavos; el tema va mucho más lejos que eso.

Es la razón por la cual no se trae a México el avión José María Morelos. Representa 18 años de ignominia e indolencia, de abusos, dispendio y burla; justo lo opuesto que transmite (y aplica) el proceso histórico del primer gobierno de la cuarta transformacion de la vida pública en México, que así costara menos pesos (o dolares) tenerlo en nuestro país y darle algún uso, en el más extremo de los casos, es preferible que se lo coma el óxido de los años y termine obsoleto a que se tome la decisión de usarlo.

El avión no es como la silla presidencial, un objeto histórico (y también intasable en cuanto al criterio del sucio dinero), que por más embrujado que esté, con unas buenas limpias, como las que se le dieron a la citada silla, con métodos prehispánicos quede lista, y sin más, a usarla de vez en cuando.

El avión presidencial fue un acto grosero, ofensivo e incluso demencial, así como lo fue (guardadas sean las proporciones) la inútil, nociva, falsa y perdida guerra del hoy ya investigado señor Calderón Hinojosa contra el narcotráfico. n