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Arqueólogos de la 4T

Escrito por  Ginés Sánchez Ene 20, 2020

La oposición no entiende que no entiende; el país vive un cambio que está sacudiendo estructuras y prácticas deleznables que atentaban contra los dineros de la nación, problema este raíz de tantos otros, sensibles como el de la salud, tan mencionado en estos días, al estar inmerso el país en un proceso de transición de un modelo a otro, en el caso de la población más vulnerable, y ese es tan sólo un ejemplo.

Piden resultados inmediatos los que recibieron en el año 2000 un país con muchos menos problemas, y que tenía un potencial para muchísimo más de la realidad dura en la que se encuentra hoy en día. Fueron 18 años, no dos, ni tres, sobre todo los que llegaron abanderando un “cambio”, prometiendo casi el paraíso, y qué lejísimos quedaron sus cantaletas de crecer a 7 por ciento o de “sacar a las víboras prietas y demás bichos” de la administración pública federal.

En todo este contexto de resistencias a los inminentes e inevitables cambios, hay un grupo de personajes que se dedican a buscar, con la paciencia y minuciosidad de auténticos arqueólogos, los posibles errores, fallas y omisiones del actual gobierno federal.

Hay algunos que no pueden ocultar su gozo ante una mala noticia que se ciña sobre su propio país, o algún mal pronóstico o riesgo emitido por alguna calificadora internacional (no muy cercanas a intereses precisamente favorables a la nación). Otros pasan 16 horas al día (o quizá hasta más) en Internet, para, sin ningún pudor, señalar, gritando a los cuatro vientos, un pedazo de nota periodística de algún medio nacional o internacional, u otros asuntos no tan trascendentales, en los que pueden pasar horas deliberando, como lo es una llanta ponchada, el nacimiento de un bebé o el cierre de la chamarra del Presidente.

Hablan, además, como si la administración de López Obrador hubiera recibido un país en paz, o le haya sido legado un sistema de salud de la misma calidad y eficiencia como el de los países nórdicos, como es el anhelo del Presidente.

Estos informadores y ex funcionarios o empresarios dolidos no tienen miramientos si de una fake new se trata; parecen aplicar la máxima de “a palo dado ni Dios lo quita”.

Pero hay un hecho incontrovertible, por más que los personajes referidos busquen influenciar a la opinión pública y al potencial electorado: en sus fines no ven resultados que no sean a la inversa; la popularidad del Presidente sigue subiendo, así como la intención del voto para Morena, el movimiento social y también partido político del cual emanó para su tan alto cargo.

Caso en particular es el de Mariana Gómez del Campo, sobrina de Felipe Calderón, y su hiperactividad en la red social Twitter, aumentada esta exponencialmente a raíz del anuncio de la detención, en Estados Unidos, del hombre de más confianza del ex presidente en su tiempo, Genaro García Luna, ni más ni menos por descubrírsele como socio de los mismos criminales a los que decía combatir y que tienen a México en una espiral de violencia que parece no conocer fin. Mariana tiene jornadas maratónicas en cuanto a la realización de videos, en los que habla, gesticula, es pésima actriz y carece, como es lógico y natural, de arrastre alguno ante la gente o de la mínima credibilidad. Parece como si el ex presidente y su esposa hayan decidido que Mariana sea la próxima líder de la oposición, ante el rotundo fracaso de ellos en ese afán.

Yo les diría que cualquier esfuerzo que hagan ya no puede tener sino el efecto contrario ante los ciudadanos, cada día más politizados, informados y conscientes. En fin, los arqueólogos de los malos augurios para su propio país seguirán, mezquinamente, trabajando en sus afanes; eso no debería preocupar tanto; lo que sí lo hace es que, en su desesperación, puedan llegar a cometer alguna acción atroz.

A mi parecer, el Presidente debe dar un muy fuerte golpe sobre la mesa, que pudiera consistir en acabar, de una vez por todas, con la muy mexicana tradición política de tener por intocables por el brazo de la justicia a los ex presidentes, el quitarles ese manto de impunidad que supone un círculo vicioso de corrupción-abusos-impunidad.

Al presidente López Obrador le tocaría eso, aunado a todos sus titánicos esfuerzos para sentar las bases de un cambio; a las próximas administraciones, el crear un entramado institucional que combata la corrupción, ya no como actos de voluntarismo presidencial, sino como todo un nuevo sistema, enmarcado en el Estado de derecho, contra este mal tan arraigado. Ya se dieron los primeros pasos, al considerar la corrupción como delito grave, pero el camino por andar en ese sentido aun es largo y sinuoso. n