En la plaza de Las Tres Culturas, en Tlatelolco, hay un muro con una leyenda inscrita: “El 13 de agosto de 1521, heroicamente defendida por Cuauhtémoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota; fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.

A sólo unos metros del lugar hay otro pequeño muro con los nombres de los caídos en la matanza del 2 de octubre de 1968, y debiera haber algún otro muro o monumento en memoria de las víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 1985 y en memoria también de los héroes anónimos, gente de todas las ocupaciones: estudiantes, médicos, enfermeras, arquitectos, albañiles; el pueblo, en suma, que puso un poco de luz entre las tinieblas de la tragedia y sacó a relucir los valores más profundos del hombre.

Entonces se empezó a gestar la transición democrática en México, pues se impusieron a partir de esa hecatombe no sólo nuevos reglamentos de construcción y conceptos novedosos, como la protección civil, incluidos nuevos modelos urbanísticos en la gran ciudad, sino también nuevas maneras de convivencia, organización y participación ciudadana y administración pública en todo el país. Nació ahí, en los hechos, nuestra sociedad civil organizada en México, y la idea más clara de que el poder democrático debe ser la base del Estado.

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