Si alcanzar la paz fuera cuestión exclusivamente de espiritualidad, indudable sería que la iglesia católica desempeñaría un papel relevante.

Empero, la paz que busca la población reside no en su interior, sino en el exterior, allá donde corresponde otorgarla al gobierno, mediante el uso de la autoridad, el poder y la fuerza derivada de los recursos públicos, el aparato de justicia y los elementos de seguridad.

Es plausible, desde luego, que la Diócesis de Acapulco, encabezada ahora por monseñor Leopoldo González, exprese su disposición a mediar para que los grupos delincuenciales mediante el diálogo se aparten del camino de la violencia, cuando es bien sabido que el crimen organizado no es diálogo lo que requiere, sino dinero y poder.

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