Participa la alcaldesa en encuentro Nacional de Gobiernos Locales


Ciudad de México, 11 de marzo. “En México no puede haber municipio libre y soberano si no se le dota de recursos para ejercer realmente sus funciones”, advirtió la presidenta municipal de Acapulco Adela Román Ocampo, durante su participación en el Encuentro Nacional de Gobiernos Locales con representantes de la Cámara de Diputados, para construir la Agenda Nacional Municipalista en el actual proceso de transformación, donde propuso reformar el artículo 115 Constitucional y la Ley de Coordinación Fiscal.

La alcaldesa refirió que la democracia sólo será real y efectiva si la justicia fortalece la vida municipal, por ello cuestionó, a manera de reflexión, que “el actual régimen de participaciones fiscales se ha convertido en un verdadero sistema de limosnas”, donde los presidentes municipales deben mendigar ante la Federación, el Congreso y los gobiernos estatales, recursos para literalmente sobrevivir.

Señaló que no puede haber municipio libre y soberano si no se le dota de recursos para ejercer realmente sus funciones, ante la centralización de los recursos que impone la actual Ley de Coordinación Fiscal.

Fe y milagro

Abr 06, 2020

En apariencia, parece ser necesaria demasiada fe para suponer que una campaña –así sea intensa– en radio, Internet, televisión y medios impresos bastará para que la población cobre conciencia sobre la importancia de lavar con esmero y frecuencia sus manos, usar cubrebocas si enferma de vías respiratorias, y estornudar y toser en el pliegue del brazo para evitar la propagación de un virus tan contagioso como el Covid-19.

Las reglas estrictas de comportamiento funcionan en grupos limitados, por lo general pequeños y cerrados, quizá en la comunidad de una escuela o hasta en los militantes de un partido político, pero no en una nación, donde hay todo lo imaginable en comportamientos, actitudes, visiones, expectativas, maneras de hacer las cosas y puntos de vista.

Sería excelente que todos los habitantes del país, así como los visitantes, pusieran en práctica siempre esos consejos. No cabe duda de que eso bastaría para que no se extendiera la infección del virus por el territorio nacional.

No hay enfermedades, sino enfermos. Cualquier estudiante de medicina conoce esta máxima del homeópata alemán Samuel Hahnemann, con la cual quería decir que cada organismo reacciona de manera particular, no necesariamente igual a los demás, ante un agente patógeno o toxicológico. Porque todos somos diferentes, en origen, en constitución física, en desarrollo, en alimentación, en cuidado personal, en hábitos, en disposición anímica.

Durante las dos semanas pasadas, pero en particular desde ayer que la extensión del Covid-19 fue declarada pandemia por la ONU, han saltado muchas dudas acerca de la eficacia de la estrategia del gobierno federal ante este problema de salud pública.

Es por lo menos preocupante ver en televisión que en los aeropuertos internacionales del país, quienes llegan del extranjero son apenas sometidos a una revisión superficial, ni siquiera con termómetros, como en otros países donde incluso se ha extendido el virus, sino con cámaras térmicas para incomodar lo menos posible a los viajeros.

No es creíble que el gobierno mexicano se esté olvidando de los infectados asintomáticos, los que no presentan síntomas y apenas experimentan ligeras molestias o ninguna. Esas personas, sin darse cuenta y sin dar positivo a la cámara térmica, irán diseminando el virus por donde vayan y pueden detonar una crisis sanitaria para la cual el país no está preparado, según lo han reconocido los mismos especialistas que cada día ofrecen una conferencia de prensa televisada para toda la nación.

No sea, pues, el caso de que el gobierno esté haciendo un acto de fe –lo cual no sería tan extraño, si se piensa bien–, a la espera de que todos nos lavemos las manos con esmero y con frecuencia, que todos usemos cubrebocas si enfermamos de las vías respiratorias, que todos estornudemos o tosamos en el pliegue del brazo, que no vayamos al trabajo si no nos sentimos bien o que acudamos con el médico a los primeros síntomas.

Si estamos ante un acto de fe, será necesario el complemento de ésta, es decir un milagro, para que los mexicanos se libren del mal, que en este caso será físico, no moral. n

Personal municipal trabaja en Sinfonía del Mar, informan bomberos


Unas siete toneladas de basura, entre botellas de vidrio, plástico, latas de aluminio, además de maleza, se han recolectado en los acantilados de Sinfonía del Mar y áreas aledañas, como parte del programa Acapulco Limpio y Querido, informó el departamento de Bomberos.

Alrededor de 25 trabajadores que forman parte de la Coordinación de Protección Civil y Bomberos participan en estos trabajos en esa área complicada, donde descienden a rapel utilizando el equipo adecuado para seguridad de los participantes.

El director del departamento de Bomberos, José Hernández Ramírez, llamó a la concientización de la ciudadanía para que no arrojen basura a los acantilados, donde es complicado retirar la basura y los trabajadores municipales arriesgan la vida cuando hacen estas maniobras. La basura que lanzan residentes y turistas en esta zona queda atrapada entre los árboles y otra parte cae al espejo del mar, atentando contra el medio ambiente y generando un mal aspecto del destino turístico, por ello el funcionario llamó a la protección de las áreas naturales y a la responsabilidad de los ciudadanos.

Sobrada razón tiene la abogada de Tlachinollan Neil Arias cuando denuncia que la alerta de género, que incluye nueve municipios de Guerrero, ha quedado en palabras.

La declaratoria de alerta de género constituyó una de las medidas apagafuego del gobierno para amortiguar las enérgicas exigencias de organizaciones femeniles de combatir la violencia contra las mujeres.

El estridente anuncio de la puesta en vigor en junio de 2017 calmó de momento los ánimos, que luego resurgieron al percatarse de que carecía de efectividad y que seguían violando, levantando y asesinando a las féminas.

Arias reclama que, a casi tres años de ponerse en práctica la medida, “no se nota un mejoramiento en la atención y respuesta de las autoridades hacia las víctimas de violencia”, a pesar de que en 2019 la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres destinó 201 millones de pesos para los municipios que cuentan con alerta de genero en todo el país.

“No hemos visto en ninguno de los nueve municipios acción alguna por parte del gobierno de Guerrero”, arremete la activista.

Invitada por el gobierno del estado para recibir un reconocimiento a las mujeres defensoras de derechos humanos en la entidad, la abogada reprochó que a ninguna de las asistentes se le permitió ocupar el micrófono para dirigir palabras y denunciar todas las irregularidades que existen en torno a la alerta de género.

Para los escépticos que intentan por todas las vías justificar su incapacidad para detener los feminicidios buscando excusas al no ofrecer resultados, habrá quedado claro el sentir de las mujeres, su coraje, su miedo, su exigencia de seguridad y justicia, durante sus marchas de este domingo. El gobierno optó por tomarlas como un festejo –incluso las felicitó– en vez de considerarlas un reclamo a su ineficiencia e insensibilidad.

Lo que las indigna no es sólo la inoperancia de la alerta de género con todas las consecuencias que conlleva, sino también la impunidad.

Hay alarde oficial de que se han reducido los asesinatos dolosos y con ello los feminicidios, pero se cuidan de divulgar que no hay justicia para las mujeres muertas.

Mucho es lo que la autoridad adeuda al sector femenil, sobre todo la garantía de que la mujer puede salir de su casa con la certeza de que regresará sana y salva. n

Tantas son las demandas de las mujeres en su movimiento de protesta como los destinatarios de las mismas.

Son tantas que se pulverizaron.

Algunas de esas flechas disparadas tienen como blanco la sociedad, en cuyo seno hay establecidas reglas que, desde el nacimiento de la mujer, la limitan, obstruyen su crecimiento, la discriminan, la sujetan, impidiendo su desarrollo a la par con el varón.

Es la sociedad las que las confina a quehaceres que cree propias de su género: los domésticos, parir, cuidar y formar a los hijos.

Es la sociedad el origen del machismo.

Es ahí donde le enseñan a seguir a la manada, y de atreverse a intentar ser ella misma, es excluida, ignorada, tratada como desadaptada social, discriminada.

Es ahí donde incluso le asignan marido.

Donde le toca obedecer, agachar la cabeza.

Le enseñan a soportar los maltratos de la pareja; a dedicarse al sometimiento, la resignación, el sufrimiento. “Aguántale como yo le he aguantado a tu padre”, le dice la madre.

Es ahí donde recibe la consigna: la mujer, como la escopeta: bien cargada y en la esquina.

Y cuando nace, ¿qué fue? No dicen fue médica, arquitecta, ingeniera o abogada. No. Fue molendera, es decir cocinera. O el humillante “fue producto para caballero”.

A partir de ahí la condenan a su destino: el niño irá a la escuela y estudiará una carrera. ¿Y la niña? Con que aprenda a leer es suficiente, porque luego se casará y se dedicará a tener a sus hijos.

Luego entonces, en este aspecto, ¿a quién desafían las mujeres con sus protestas? A la sociedad, que por medio de la familia las invisibiliza, las minimiza, las ata y les inculca creencias limitantes que, en muchos de los casos, perduran hasta la muerte.

No es, pues, cuestión de una marcha para corregir todo eso. El cambio de mentalidad no se producirá con unos cuantos pronunciamientos.

No se trata de una semana, un mes, un año de lucha cotidiana para lograr el objetivo, es un asunto de generaciones.

Es, sin embargo, importante el movimiento que alimentan, porque sin duda habrán estremecido conciencias.

Mucho ha sido el avance de la mujer en todos los ámbitos y, con toda seguridad, cada vez obtendrá logros importantes.

Cada mujer que participa en esta lucha, si tiene hijos, probablemente le esté inculcando el respeto y la equidad entre sus principales valores.

Las que todavía no los tienen, cuando los tengan así los educarán, acorde a sus convicciones que esgrimen en sus movilizaciones.

Llevará tiempo, mas en un futuro no muy lejano podrán vivir –si no ellas, sí sus hijos– condiciones de igualdad y respeto.

Vencer las creencias limitantes es como saltar o destruir muros para cruzarlos, y las mujeres, con su movimiento, hacia allá avanzan. n

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