A menos de 15 días de las votaciones, las campañas de algunos continúan tan pobres que, al no despertar mayor interés en el electorado, los candidatos, con tal de llamar la atención, recurren al fácil expediente del chisme, a la acusación infundada y a la crítica burda hacia los opositores respecto a la forma de acercarse a la gente.

Olvidan que la preparación, el humanismo, las buenas formas, los valores, los principios, no se predican; se aplican.

Incapaces de profundizar en sus propuestas, voltean la mirada al opositor y, lejos de analizar la oferta política de éste y compararla con la suya buscando un efecto favorecedor entre los electores, echan mano de la chabacanería, la banalidad, la carencia de ingenio.

En vez de conectar el cerebro, utilizan el hígado.

Les arde, por ejemplo, que una candidata cante en sus actos y, aunque al mismo tiempo plantee sus propuestas y proyectos, consideran su actuación como algo propio de la farándula.

¿Acaso la autoridad electoral prohíbe cantar? Si es así, que dejen a quien corresponde sancionar al infractor; pero, si no, mejor harían en pulir sus propuestas y convencer a la población mediante méritos propios y no tratando de demeritar al de enfrente.

Tan inseguro de alcanzar el triunfo debe sentirse alguno por ahí que trata de ser gobernador no merced a su trayectoria política, a su hoja de servidor público, al trabajo efectuado durante su carrera, o bien a sus propuestas como candidato, no, sino cifra sus esperanzas de coronarse por default.

Sueña el amigo con que a la candidata puntera le lleguen a quitar la candidatura, aunque a todas luces no se escudriñe motivo para ello.

Esa es su apuesta.

Que la candidata cante en sus actos les parece poco serio.

Lo repiten tanto que han llegado a creer que si van por ahí con rostro adusto, severo, imperturbable, irán proyectando una imagen de seriedad, cuando bien podría confundirse con la frustración, la impotencia y el mal carácter.

Y ¿qué es la vida si no alegría?

Motivadores emocionales, e incluso la psicología del positivismo, consideran que los momentos alegres, emotivos, amorosos, amistosos, solidarios, son los que más cuentan en la vida del individuo.

Son los que valen la pena ser vividos.

Pisan en falso aquellos que pretenden crecer, no por lo que valen ellos mismos como seres humanos, como profesionistas, como servidores públicos, sino denigrando al opositor; se proponen llegar a la meta enlodando al que les lleva la delantera.

Y no es que actúen así ahora porque anden en campaña.

No, señor.

Así serían exactamente si alcanzaran el cargo.

La mentalidad no se cambia de un día para otro.

Si ahora jalonean al competidor, haciéndose ya del poder a los adversarios los tirarán y patearán en el piso.

Quizás cambien las formas, pero el fondo es el mismo. n

No puede ser de otra manera.

Seguramente el “anuncio importante respecto al cambio de semáforo epidemiológico” hecho por el gobernador Héctor Astudillo Flores para este día consistirá en que Guerrero pasa a semáforo verde.

Durante las últimas semanas ha prevalecido el semáforo amarillo, y la tendencia de contagios, hospitalizaciones y defunciones ha venido a la baja en lo general.

El cambio, de aplicarse, no será de ninguna manera motivo para echar las campanas a vuelo.

Es importante sobre todo porque se ampliarán los horarios de funcionamiento de negocios, lo mismo que el aforo de personas a los mismos, lo que impulsará de algún modo la reactivación económica.

No obstante, eso de ninguna manera significa arrojar al cesto de la basura las medidas sanitarias.

Habrá modificaciones en este sentido, y habrá que respetarlas.

Mientras haya un caso de Covid-19 estará presente el peligro de infección.

Todavía van para largo el cuidado y las prevenciones.

Incluso, algunos expertos prevén que el cubrebocas llegó para quedarse.

A partir del lunes, si llegamos al semáforo verde, la autoridad aflojará un poco en la recomendación, circunscribiendo su uso –podría ser– a las reuniones en espacios cerrados y concentraciones públicas, pero no desaparecerá.

Pudieran prolongar el saludo de persona a persona, prohibiendo el contacto físico.

Y así por el estilo.

Pero no nos libraremos tan fácilmente del virus.

Entre los más entusiastas con el cambio podrían encontrarse los dueños y trabajadores de restaurantes y bares, que han sido los más castigados por las autoridades, cuyas clausuras las han abanderado para difundir la idea de que están vigilantes de los protocolos sanitarios, en tanto con otros establecimientos, como los hoteles, han actuado de manera tolerante.

El transporte, considerado oficialmente uno de los dos focos de más contagios –el otro son los hospitales–, ha gozado de igual tratamiento: intocado en todo momento.

En este caso, aforos y horarios han tenido un manejo teórico.

Es de esperarse que la población toda, si ha de asumir el arribo del semáforo verde como un día de fiesta, lo haga sin apartarse de las medidas sanitarias que siga recomendando la autoridad de salud, las que, junto con la vacunación, han sido determinantes para someter, que no vencer, al virus. n

Ya dejó el poder, más bien fue expulsado del poder por el voto de sus conciudadanos. Pero el espaldarazo que Donald Trump dio, siendo presidente de Estados Unidos, a la política expansionista –sionista le llamó en su tiempo el entonces presidente Luis Echeverría– al mudar la embajada estadunidense a la ciudad de Jerusalén desde Tel Aviv, a sabiendas de que esa decisión exacerbaría la irritación de los palestinos, que consideran a la Ciudad Santa como suya también.

Esa decisión acaso precipitó los hechos que han vuelto a convertir al Oriente Medio en un polvorín: un enfrentamiento con misiles explosivos entre Israel y el grupo islámico Hamás, que gobierna la Palestina en los hechos. Lo que más causa resquemor en el mundo que, azorado, observa cómo se trenzan en un combate de proyectiles explosivos Israel y el grupo Hamas, es la aparente ligereza de conciencia con que el gobierno de la nación hebrea castiga con dureza a los enemigos del Estado judío.

El gobierno israelí parece no recordar la circunstancias de la refundación de su nación apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando la suerte que corrieron millones de judíos en la Alemania hitleriana y en los países vecinos concitó la solidaridad del resto del mundo.

Hay, por supuesto, un abismo de diferencia entre las motivaciones y los alcances de las respuestas del Israel moderno a los ataques de sus enemigos, y las motivaciones del nazismo, que llevó al asesinato de millones de judíos en la hoguera.

Si bien la nación judía tiene todo el derecho a defenderse de las agresiones –tanto si proceden de ejércitos regulares como irregulares–, el hecho es que el origen de todo el encono en Oriente Medio es su sistemática violación del orden internacional, todas las resoluciones de la ONU que desaprueban la ocupación de territorios no incluidos en la asignación original que le dio la comunidad mundial representada por ese organismo.

Esa es la causa del conflicto, por más que el grupo Hamás ejerza la estrategia criminal de resguardarse tras la población civil para escapar de la respuesta militar y para, eventualmente, culpar a Israel de crímenes de lesa humanidad.

No se puede volver al pasado, no al menos en el mundo objetivo que vivimos: Israel ya no puede ocupar lo que alguna vez, hace miles de años, fue la tierra prometida. n

Seguramente el electorado estará muy atento a la exposición que sobre economía harán candidatos a gobernador en la comparecencia organizada por las autoridades electorales.

Sobre todo, empresarios y trabajadores esperan oír los planes que cada aspirante piensa poner en marcha habiendo ganado la elección, toda vez que, según informes del gobierno estatal, la pandemia ha acabado con 15 mil empleos formales y cerca de 40 mil informales, y ha quebrado miles de comercios y negocios turísticos.

La gente está deseosa por saber qué y cómo hará el próximo gobernador para recuperar los empleos perdidos y reabrir los negocios cerrados.

Éste, el económico, es el otro tema que los candidatos deberían tratar con pinzas por su delicadeza.

Ya no son sólo las consecuencias de la violencia, sino también las generadas por la pandemia, las que flagelan al gobierno y población.

Si bien el Covid-19 va en línea descendente reduciendo hospitalizaciones, contagios y defunciones, los efectos desastrosos en lo económico y lo social, perduran.

El 2020 tuvo tintes devastadores: el gobierno estatal estimó en 4 mil 800 millones de pesos el monto de pérdidas económicas en el estado por la falta de recaudación, los gastos generados por la pandemia de Covid-19 y la disminución de aportaciones federales.

“Estamos, sin duda, en la mayor crisis, sólo comparable a los tiempos difíciles que se vivieron después de la Revolución Mexicana. Desde mi punto de vista, pintan peores”, dijo el gobernador Héctor Astudillo Flores en reunión a distancia con diputados locales el 3 de julio de 2020.

Vislumbró entonces “un panorama económico catastrófico en el país, el cual golpeará aun más a Guerrero y a sus habitantes más desprotegidos”, vaticinó.

Los augurios no han desaparecido.

En principio, para 2021 el presupuesto estatal se redujo 800 millones de pesos comparativamente con el de 2020.

El próximo gobernador está obligado a no perder de vista lo previsto por expertos en finanzas en el sentido de que la reactivación económica comenzará en el país en 2023, y no hay nada que indique que en Guerrero podría ocurrir más pronto.

Mientras la tormenta permanece inamovible, candidatos reparten alegremente promesas de más obra pública, más empleos y mejores condiciones de vida, pero, para no comprometerse, recurren a ambigüedades no fijando plazos ni explicando cómo piensan elevar los ingresos a las arcas estatales para hacer efectivo lo prometido.

¿Piensan endeudar al estado?

¿Planean elevar las tasas impositivas?

O simplemente le darán la vuelta a sus compromisos. n

Hay dos temas con los que los candidatos, sobre todo a alcaldes y gobernador, están obligados a ser sumamente cuidadosos en sus acercamientos con los electores.

El de la violencia y la inseguridad es uno de ellos.

Comprometerse a eliminarla constituye venderle ilusiones a la gente.

¿Por qué?

Simple y llanamente porque ni de los alcaldes ni del gobernador depende el combate, sino del gobierno federal, el que, para ese efecto, cuenta con el equipo humano y el material técnico y tecnológico.

¿De qué recursos dispone el gobierno estatal para esta tarea?

Con una Policía Estatal. Ni siquiera dispone ya, como antes, de la Policía Ministerial, que depende de la Fiscalía General de Justicia del Estado, que se convirtió en autónoma en 2016, cortando todo vínculo con la administración estatal.

En otras palabras, el gobernador en turno dejó de ser su jefe legalmente.

¿Cómo acabaría así con la delincuencia organizada?

No puede ni siquiera lidiar con las policías comunitarias, clasificadas como ilegales, pero que se multiplican como hongos por toda la entidad y operan con toda libertad cometiendo actos fuera de la ley.

¿Y la Policía Municipal?

Debiendo estar certificada toda, no cumple a estas alturas con este requisito que encomendaron a los municipios en 2016 al entrar en vigor el llamado nuevo Sistema de Justicia Penal Acusatorio.

Nulo interés han dedicado los alcaldes a este asunto.

Cuando brota algún suceso violento en su jurisdicción corren a pedir ayuda al gobernador.

Peor estarán ahora que les anularon el Programa de Fortalecimiento para la Seguridad (Fortaseg), que representaba un ingreso anual superior a los 300 millones de pesos que deberían destinarse para compra de patrullas, uniformes y capacitación de agentes, entre otros rubros.

Concluyendo: es la Federación la que –con el Ejército, la Marina, la Guardia Nacional y la Policía Federal– encabeza, traza estrategias y dirige el combate a la delincuencia, con los resultados conocidos y el acontecer cotidiano que todos atestiguan.

Toca a municipios y gobierno estatal coordinarse con ellos y sumarse al final de la fila en las tareas de vigilancia.

Luego entonces, los candidatos deberían informarse bien de esta situación y moderarse en sus promesas de lograr la seguridad y la paz para los ciudadanos.

Cuando más, podrán convertirse en gestores para que el gobierno de la República los apoye en la seguridad.

Prometer más es regalar a los electores bolas de humo, y cuando éstas se disipen quedarán exhibidos como falsos y demagogos, aunque, claro está, ya habrán logrado su objetivo de alcanzar la silla anhelada, que es lo que realmente les importa. n

Archivo

« Julio 2021 »
Lun Mar Mier Jue Vie Sáb Dom
      1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31