La guerra sucia, sucia sigue

Escrito por  Feb 14, 2020

Han transcurrido ya 48 años desde el negro episodio en que Atoyac sufrió los embates de la guerra sucia con su cauda de muerte, desapariciones, angustia, desesperación y repercusiones sicológicas.

El Estado ha reconocido el daño causado, ha prometido resarcirlo, pero todo ha quedado en promesas y engaños; algunos de los familiares de las víctimas han muerto esperando lo ofrecido.

Saúl Martínez Palacios narra cómo, en septiembre de 1972, soldados se llevaron a su padre; lo pasearon por el centro del pueblo de El Quemado atado de manos y con la cabeza cubierta, “como si se tratara de un criminal”. Esa imagen cambió su vida para siempre. Aunque estudió hasta terminar la preparatoria, su paso por las escuelas estuvo siempre acompañado de miedo y zozobra, sobre todo cuando veía cerca a algún militar. Y como él, muchos niños convertidos ahora en hombres adultos.

Octaviano Gervacio Serrano, hijo de Octaviano Gervacio Benítez, desaparecido el 30 de mayo de 1974, durante el mandato de Luis Echeverría Álvarez, como presidente de la República, ha expresado que no sólo fue una guerra sucia, sino una matanza, crímenes de lesa humanidad, terrorismo de Estado, por las más de 500 desapariciones de estudiantes, campesinos y activistas, sólo en Guerrero.

Habitantes de la comunidad de El Quemado que fueron víctimas de la represión del Ejército durante el comienzo de la década de los años 70, se quejaron de que a un año de que representantes de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) les ofrecieron ayuda, no han cumplido.

En su primer informe de actividades, el subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración, dependiente de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, incluyó como prioridades para el gobierno de la República la verdad y la memoria históricas de la guerra sucia.

Postuló que la primera prioridad es la búsqueda y la identificación de personas desaparecidas.

Mucha teoría y ofrecimientos, pero en la práctica nada aterriza en hechos. Entre tanto, las víctimas se impacientan y se indignan. Se sienten burladas. n