Resistencia al cambio

Escrito por  Jul 10, 2020

El Covid-19 vino a cambiarnos la vida. Sacó a todos de su zona de confort. La vida más o menos apasible a la que se había llegado luego de que la delincuencia redujo su actividad se fue al precipicio en marzo pasado con la llegada del virus.

Mientras no haya una vacuna o un medicamento efectivo estará entre nosotros: vendrá y se irá; vendrá y se irá, como las olas del mar, dicen.

Los efectos no son para menos; frenar su expansión requiere un cambio de estilo de vida, la modificación de hábitos, la reprogramación de esquemas mentales: la inserción de una nueva cultura en la sociedad.

Nada más difícil de llevar a cabo, porque, si algo cuesta, es cambiar. Y si cuando se quiere hacer cuesta mucho, cuando no se quiere resulta imposible.

Lo único seguro en la vida, dicen los motivadores emocionales, es que todo cambia.

Lo que empieza termina.

Así de concluyente.

Pues terminó una etapa de la existencia y comienza otra.

Y ese final y principio incluyen en la vida cotidiana, como regla inalterable, la sana distancia, el uso de cubrebocas, la aplicación del gel con alcohol y evitar las aglomeraciones, entre las más elementales, que, al igual que el Covid, llegaron para quedarse, quién sabe por cuánto tiempo.

¿Cómo hacer entender a la gente que lo más conveniente es usar el cubrebocas si nunca en su vida ha sido parte de su indumentaria? Siendo tan afectuosos como somos, ¿cómo convencerla de evitar el supuesto beso en la mejilla, que en realidad va dirigido al aire? ¿Cómo evitar el abrazo entre familias? ¿A quién se le ocurre ordenar que en la playa se debe llevar cubierta la boca y que no pueden juntarse más de tres personas?

¿Consecuencias? Desacato por todos lados.

De un día para otro no puede desecharse un hábito con el que se lleva conviviendo toda una vida.

Puede obligarse a los usuarios de un banco a que entren con cubreboca; igual en los centros comerciales, hospitales y en algunos transportes públicos, como el Acabús, pero allá fuera, en las calles, en las plazas, en las playas, se impone el caos.

¿Cómo convencer al delincuente que deje de matar, de extorsionar, de secuestrar, si esa es parte de su cultura y ya la trae en la sangre?

Por eso mismo no funciona la táctica de “abrazos, no balazos”, “pórtense bien”, “piensen en sus mamacitas”. Si no les aplican la ley, no se aquietarán.

Igual ocurre con los llamados oficiales a quedarse en casa y a aplicar demás medidas sanitarias. Si no obligan de algún modo a la población, no hará caso.

Es como pretender suprimir la violencia contra las mujeres en un sexenio. No se trata de un simple cambio de chip, sino de trabajo constante, sistemático, ya no con los adultos, sino con quienes van en la ruta de convertirse en novios, parejas, padres.

Es un asunto generacional.

Es cuestión de cultura. De conciencia. De responsabilidad. De formación.

Evidentemente, si quiere resultados, si no quiere andar arreando a la gente, la autoridad tendrá que reeducar a sus gobernados.

Y eso no es cuestión de días, semanas o meses. Hay quienes, aunque se han percatado de que durante toda su vida les ha ido mal aplicando sus mismos esquemas mentales, no están dispuestos a cambiar.

La tarea se antoja titánica. n