Aversión a la crítica

Escrito por  Sep 02, 2020

Ante las críticas es usual el consejo popular de “date un baño de mantequilla para que se te resbalen”, buscando así que pasen inadvertidas y en consecuencia el criticado no sufra daño emocional alguno.

El sentido común sugiere, en cambio, sobre todo en el caso de los servidores públicos, que escuchen atentamente, analicen, valoren, descarten o actúen.

Es sano, sí, el baño de mantequilla cuando se trata claramente de un chisme, un comentario de mala fe con tendencia a fastidiar, pero no cuando el crítico maneja hechos concretos y los respalda con fundamentos.

Luego entonces, cuando alguien, independientemente de quien sea, un ciudadano común, un político, un profesionista, expresa su malestar e inconformidad sobre una irregularidad claramente expresada, ningún funcionario tiene derecho a ignorarla.

Más ayuda el crítico que el adulador.

Más contribuye a gobernar bien alguien que señala errores o vicios que quien se dedica a la lisonja.

No se entiende, por tanto, el malestar que causa a funcionarios públicos municipales el señalamiento de la existencia de descargas de aguas negras al mar, lo que, a manera de justificación, manejan como ataques políticos con miras a frenar las aspiraciones de los responsables de corregir este problema.

Se entiende como ataque el insulto, la degradación, la agresión verbal.

En el caso específico de las descargas de aguas negras que tanta irritación provocan, están ahí. A la vista de todos. Nadie lo está inventando.

No es ninguna falta a la autoridad el exigirle que lo arregle, porque, al final de cuentas, para eso llegó al cargo.

Falta de respeto es, en todo caso, revirarle al quejoso que vive en la luna porque las aguas putrefactas han corrido hacia la bahía desde trienios atrás.

Es verdad.

Lo que no es verdad es que no hayan demandado la solución a anteriores gobiernos.

Se ha hecho, pero los responsables han sido irresponsables y omisos; por esa razón el electorado votó para que llegaran políticos frescos con nuevas ideas y ganas de eliminar vicios y corruptelas, para que atiendan lo que otros han pasado por alto.

Resulta muy sobada la tan socorrida expresión de “antes no decían nada y ahora exigen soluciones”; si lo hicieron o no, en todo caso lo importante es analizar si persiste o no el problema, y si persiste, en su derecho está la gente de pedir arreglo y el servidor público en su obligación de resolverlo.

Si los funcionarios tienen la piel tan delgada, si son alérgicos a la crítica, al señalamiento ciudadano, si les desagrada que la población les señale fallas en lugar de caravanearlos, mejor harían en retirarse a su casa y frenar sus ambiciones de ascender más en la política para que los electores menos se atrevan a tocarlos. n