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Remar contra corriente

Escrito por  Oct 05, 2020

A seis meses de haber comenzado en Guerrero, la epidemia del Covid-19, lejos de decaer, se agudiza, al punto de acercarse a los 20 mil contagios.

El escenario se presenta, ya no preocupante, sino alarmante, pues la entidad, después de haber estado en semáforo amarillo, está a punto de abandonar el naranja para regresar al rojo, lo que agravaría la catástrofe económica y sus consecuencias.

Ya en el estado actual, la hospitalización de contagiados se eleva, la gente sigue muriendo, pero no es suficiente para que la población opte por aplicar las medidas sanitarias recomendadas por el gobierno.

La contradicción en el combate persiste; la resistencia en el gabinete federal contamina a las demás esferas.

El hecho de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump –otro reacio a usar cubreboca–, haya dado positivo, debería servir a los escépticos para convencerse de la importancia de apegarse a los protocolos sanitarios recomendados por la Organización Mundial de la Salud.

Si por un lado se minimizan los efectos de la pandemia –“ya vamos saliendo”, dicen– y por otro se rema contra la corriente contraviniendo las medidas sanitarias, no es de sorprender los resultados y consecuencias del día a día.

En la entidad guerrerense, la autoridad no se yergue precisamente como un ejemplo a seguir.

Si bien se apega con rigor a las medidas del cubreboca, por ejemplo, su lucha cojea al ser muy estricta con unos y condescendiente con otros.

Así, aplican todo el rigor a los bares, por citar un sector –que está bien–, pero abandona al transporte, no obstante ser considerado por el gobierno estatal uno de los dos principales focos de infección. El otro son los hospitales.

Se antoja difícil, por no decir imposible, el control en playas, plazas públicas y, no se diga, mercados, porque la autoridad carece de mecanismos para presionar a la gente, pero donde sí puede apretar las tuercas –transporte público– no hace nada.

Habría que ver si los colectivos o urbaneros no se apegan a las normas si el gobierno no los amaga con cancelar las concesiones y se lo cumple a los primeros incrédulos.

Veríamos si no.

Salir a la calle a fumigar el interior de las unidades y repatir gel en un acto de gran espectacularidad, como se ha hecho en Chilpancingo, para luego retirarse a dormir, no funciona.

No es cuestión del show para la foto o el video, sino de mantener una medida sistemática, constante, permanente, hasta que sea necesario.

Por otro lado, resulta grotesco el anuncio de aplicar multas a los opositores a las medidas de prevención, sin antes meter mano donde se tiene control.

 Otro punto: habría que preguntar a la Comisión de los Derechos Humanos del estado si no se viola los derechos de los usuarios de los bancos cuando no les permiten el ingreso a las oficinas si no llevan cubreboca.

Si no llevan, no entran –que está bien–; no los obligan, pero los presionan con la amenaza tácita de pegarles en el bolsillo: Si no entran, no hay dinero.

¿Y en los centros comerciales? ¿Tampoco se violan? Si no lleva cubreboca la gente, no le colocan el pie en el cuello para que lo lleve, pero no la dejan entrar. Y si no entran, no hay alimentos.

Uno más: en comunidades alejadas, municipios inclusos, como los de la sierra y la región de La Montaña, las policías municipales en coordinación con las comunitarias han sido quienes han tomado el control en la aplicación de protocolos.

La gente no ha tenido más opción que someterse, pero a cambio las cifras de contagiados son muy reducidas.

Ahí la gente opta por la salud.

Pero los gobiernos estatal y municipales no tienen por qué pelearse con Derechos Humanos. Con actuar con cabalidad en su área de influencia podría mejorar los resultados.

Después de lograr el control en lo que sí pueden manejar, habría que ver lo que sigue.

¿Para qué meterse en protagonismos innecesarios?

Como una manera de llamar la atención, sí pega, pero está lejos de ser una postura seria y efectiva. n