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¿Utopía?

Escrito por  Dic 28, 2020

Mirada a través de la distancia temporal, es decir después de observar lo sucedido en los países donde operó el socialismo real en su versión más ortodoxa, la visión que tuvo hace dos siglos el fundador del llamado socialismo científico, Carlos Marx, en lo que se refiere a la convivencia pacífica entre los individuos que constituirían la sociedad comunista, hoy se parece más a lo que de seguro es en realidad: una utopía acaso inalcanzable.

No parece muy realista pensar que un día los individuos de cualquier comunidad o de cualquier sociedad puedan vivir en perfecta armonía y en paz, sin necesidad de abastecerse de ingenios o tácticas para defenderse de los demás, en el mejor de los casos.

Desde tiempos muy remotos los seres humanos se han hecho la guerra con lo que han tenido a la mano: rocas o hierro. Y, por lo que se ve, parece que así seguirá siendo por el resto de la historia.

En la actualidad, la producción de las armas en los países desarrollados está a cargo de empresas privadas, sobre las cuales –se supone– el Estado ejerce un control minucioso, habida cuenta de su potencial destructivo sobre vidas y bienes, y de su valor táctico y estratégico para defender lo que al gobierno, o a la sociedad, le parece importante preservar.

En otros países –y es el caso de México– la producción de armas es monopolio del Estado.

Y si no hubiese empresas o gobiernos a cargo de esa tarea, serían particulares quienes la asumirían, así fuera en modo clandestino. Esto supone un grave reto para un gobierno, como el mexicano, que tiene el gran pendiente de imponer el estado de derecho entre sus ciudadanos y la resolución de conflictos por la vía de la negociación y del diálogo, en vez de la vía armada.

Por eso llama la atención el escaso control que el gobierno mexicano ejerce sobre las armas que ingresan desde el extranjero a territorio nacional, de manera particular las que son adquiridas por los estados, pues está documentado que acaban en manos de criminales y luego empleadas por grupos delictivos para atacar a clanes rivales o, lo que es peor, para agredir a civiles que nada tienen que ver con esta lamentable guerra entre cárteles.

Eso, en el menos deplorable de los casos. Porque también ha sucedido que, incluso en manos de policías, esas armas han sido usadas para cometer violaciones graves a los derechos humanos de los ciudadanos, como en el caso del ataque a civiles en Iguala la noche que fueron desaparecidos los 43 normalistas de Ayotzinapa. n