Protestas violentas

Escrito por  Jun 03, 2021

Entre los criterios editoriales de los diarios de la familia La Jornada está el emplear con sumo cuidado el adjetivo “vándalo” y su verbo derivado, “vandalizar”, porque un pequeño tropiezo en este terreno puede abrir la puerta, casi siempre sin que esa sea la intención, a la estigmatización de las personas o de los movimientos sociales, y este grupo editorial se ha cuidado siempre de no adoptar posturas opuestas a las luchas reivindicativas de la sociedad.

Es de comprenderse que, siendo los humanos como son: seres emocionales, con frecuencia se les desborden las emociones y lleven a cabo actos que en circunstancias menos emotivas no cometerían.

Pero hay un abismo entre eso y el empleo de la violencia –sobre todo si ésta suele rayar en riesgo de muerte– de manera consuetudinaria en toda manifestación de protesta o en todo acto de exigencia de derechos.

El arrojo y la temeridad de los manifestantes –como los que ayer destrozaron puertas y ventanas del Palacio Federal en Acapulco– cobra víctimas de cuando en cuando entre los propios participantes. El evento más reciente, lamentable en sí mismo, es el de las dos alumnas de la normal Carmen Serdán, de Teteles, Puebla, que se arrojaron desde el interior de la caja de un tráiler en movimiento y murieron al caer al pavimento.

Una nota publicada ayer en el suplemento La Jornada de Enmedio ilustra –también sin que sea su intención– el fenómeno. Se titula “La naturaleza humana fue violenta en extremo durante la Edad de Piedra”, y se lee en su único sumario que “expertos detectan agresiones más feroces de lo necesario para matar en restos hallados en valle del Nilo”. La fotografía que ilustra el texto muestra a dos jóvenes arqueólogos desenterrando restos óseos en una especie de páramo.

Lo que plantea la nota, si bien es fácil de adivinar, puede resumirse en que los investigadores han identificado –con los cada vez más exactos exámenes a que pueden someter los vestigios– cantidades excesivas de heridas de lanza, flechas y otras armas, muchas de las cuales llegaron hasta los huesos de las víctimas, integrantes de comunidades pequeñas, todas las cuales eran sometidas al mismo trato, sin distingo de mujeres o niños.

Como puede verse, la ferocidad excesiva no es privativa del individuo moderno, ni de las protestas sociales. Pero es un estadio que todos los humanos deberían hacer el intento de superar. n