Desastres y elecciones

Escrito por  Sep 17, 2017

El más reciente desastre de los muchos que han acaecido en Guerrero, causado por el efímero huracán Max, confirma una vez más que los más perjudicados por las inclemencias de la naturaleza son, como siempre, los que menos tienen.

No en todas las latitudes es así: cuando en un vecindario los pobres son menos que los ricos, la balanza se equilibra y puede que hasta se invierta. Podría ser el caso de las zonas afectadas del estado de Florida, en Estados Unidos, por el huracán Irma.

En el caso de Guerrero, basta ver las fotografías tomadas por los reporteros de éste o de cualquier diario, o las imágenes tomadas por la televisión, para darse cuenta inmediata de que los afectados, casi en su totalidad –si no es que en su totalidad–, son personas de escasos recursos.

Los efectos de las lluvias son, pues, buen indicador de la extensión de la pobreza.

Por supuesto, la discusión generada por esta perspectiva de las cosas no debe llevar a un segundo plano los efectos del calentamiento global, propiciado por la actividad humana, pues este fenómeno golpea a ricos y pobres por igual. Lo único que hace diferencia es la magnitud del efecto que tiene en unos y en otros.

Y en el aspecto político es necesario reconocer la oportunidad con que se ha presentado esta temporada intensa de fenómenos hidrometeorológicos y de sismos, simultánea al comienzo del proceso electoral por el cual los mexicanos elegirán a sus gobernantes y representantes populares el próximo año, porque constituyen invaluable oportunidad para que los actuales gobernantes y representantes se muestren, se acerquen a la gente, sonrían, estrechen manos y hagan promesas.

Los pobres, otra vez, como mercado electoral.