Los niños y Trump

Escrito por  Jun 24, 2018

Una vez más, un plan de Donald Trump se ha frustrado. Ahora incluso más que las otras veces, pues ha tenido que dar marcha atrás a su orden atroz de separar a los niños, muchos de ellos apenas bebés, de sus padres migrantes ilegales, y de encerrarlos en jaulas o entregarlos a la custodia de familias sustitutas.

El sufrimiento emocional de los niños enjaulados por esa locura inmoral, expresado en su llanto, potenciado por las ondas hertzianas de las televisoras y por la Internet hacia todo el mundo, paró en seco al autócrata y lo obligó a atenuar esa política de extrema crueldad.

La práctica de hacer pagar a los niños por infracciones ciertas o imaginarias de sus padres fue superada hace muchos años por las sociedades civilizadas y erradicada de sus legislaciones.

Con harta frecuencia, sin embargo, aparecen fuerzas regresivas que reivindican esa manera de hacer jusiticia, de castigar a los niños por lo que hicieron otros, de cebar en ellos el rencor hacia sus parientes o ancestros. Los conflictos armados son ocasión propicia para ello.

Las hordas nazis llegaron a extremos inimaginables para asesinar a los pequeños e infligirles cuanto sufrimiento físico y emocional fuera posible, motivadas por el profundo odio que durante largos años estuvo sembrando Adolfo Hitler por toda Alemania.

Por cierto, hay muchas similitudes entre Trump y Hitler. La más evidente es que uno era y el otro es populista de derecha recalcitrante –al estilo Bronco, que plantea que cortar las manos y quitar la vida es la solución definitiva al problema de la corrupción y el delito–; ambos se propusieron recobrar la grandeza perdida de sus naciones “por culpa” de otras, que se aprovecharon de la suya durante mucho tiempo; ambos se determinaron a preservar la pureza de su pueblo expulsando a los extraños y cerrándoles las fronteras; ambos quisieron someter al resto del mundo a partir de medidas de fuerza; ambos llegaron al poder por la vía electoral, y ambos se deshicieron de aquellos a quienes consideraban un estorbo para sus planes, no tanto porque se les opusieran, sino sólo porque pensaban distinto.

Por supuesto que ahora el mundo no es lo que era en la tercera década del siglo pasado; ahora hay más contrapesos y mecanismos de control, de modo que el gobernante, por poderoso que sea, no pueda siempre hacer y deshacer a su antojo, según las necesidades de sus planes de dominación.

Puede que sea muy fácil acusar al gobierno mexicano de tibieza y, en extremo, hasta de colaboración con el necio mentecato que desgobierna Estados Unidos. Pero también puede que las cosas no sean exactamente así.

¿Serviría de algo que el Presidente de México –sea quien fuera– se desgasñitara en condenas a las agresiones del vecino? ¿Atemperaría eso su soberbia, su irracionalidad y su inmoralidad? ¿Le pondría freno? Tratándose de Trump, lo más probable es que no.

Él de cualquier modo acabará hundido en su lodazal y construirá su muro. Quizá lo único que le quede hacer al próximo gobierno mexicano es aprovechar el sello de la frontera para, de una vez por todas, detener el flujo de armas y de narcodólares desde el norte.

Esa sí que sería una enorma ganancia para el pueblo de México. n