Toxina engañosa

Escrito por  Jul 16, 2018

Bien haría el próximo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en no dejarse seducir por las sonrisas afables de los altos funcionarios del gobierno estadunidense que recién envió Donald Trump a entrevistarse con él.

A más de no saber a ciencia cierta qué busca el magnate con una relación tan temprana con el próximo mandatario, éste debe tener presente que aquél es de un carácter sumamente inconstante y hasta errático: puede enfurecerse en un instante, perder la compostura y los estribos, y arremeter contra quien tenga enfrente, así sea la misma reina Isabel de Inglaterra, su madre patria.

Ha dado muchas muestras de ello, no sólo en su trato con el gobierno de Enrique Peña Nieto y, en general, respecto de México, sino de otras personalidades que se le suponían cercanas, como el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ambos considerados previamente sus amigos, pero a quienes ha terminado por denostar, acusar y hasta amenazar.

También haría bien López Obrador en recordar que Donald Trump está en campaña electoral con la mira puesta en su relección en 2020, y que México es, con mucho, su tema preferido, por la migración ilegal, el narcotráfico y el “injusto” Tratado de Libre Comercio, y que no se detendrá ante ninguna consideración para lanzar acusaciones y denostaciones contra nuestro país, su gobierno y sus habitantes, siempre que estime que ello conviene a su búsqueda de un segundo mandato.

Es una de las debilidades del sistema político-electoral de Estados Unidos: la posibilidad de una relección consecutiva puede pervertir el primer periodo de un presidente si éste tiene demasiado interés en lograr un segundo periodo al frente de la Presidencia. En su campaña, Trump tomó a México de piñata ante sus electores, y no sería muy descabellado prever que lo volverá a hacer si cree tener necesidad de ello.

Al presidente Enrique Peña Nieto muchos lo han criticado por lo que consideraron excesiva pasividad para responder a las calumnias y a las provocaciones de su par estadunidense. Pero, ¿cuánto habría ganado México si su presidente hubiera decidido no ser tan prudente, y ponerse al tú por tú con un político de tan baja ralea y tan pendenciero como el multimillonario?

Lo que todo provocador busca es que sus contrincantes se enganchen a su provocación y que le respondan en términos equivalentes, para así bajarlos a su nivel y ahí hacerlos trizas, pues se supone que en eso es experto.

Para no errar, López Obrador debe ser institucional –igual que lo ha sido Peña Nieto–, pero al mismo tiempo ser pragmático, para reaccionar con la celeridad que demanden las circunstancias.

Las sonrisas de Mike Pompeo y de Kirstjen Nielsen en su entrevista con el ganador de la elección presidencial muestran, a lo sumo, que no todo está perdido en la relación entre el gobierno mexicano y el estadunidense, pero no más que eso, pues de ellos no depende el temperamento del magnate.

Además, está probado que con él nada es seguro: sólo hay que recordar que despidió al anterior titular del Departamento de Estado, Rex Tillerson, mientras éste estaba de viaje oficial para tratar la desnuclearización de Corea del Norte.

Quizá Mike Pompeo tuvo la suerte de no ser despedido mientras estaba en México. n