La imagen de los gobernantes

Escrito por  Sep 06, 2018

Puede haber mucha discrepancia entre lo que las personas que constituyen una comunidad consideran bien o mal gobernar.

Para algunas, un buen gobernante podría ser el que sonríe y saluda de mano a todos los ciudadanos que acuden a presenciar sus actos públicos; para otras, puede que ese detalle no tenga mayor importancia, pues consideran que lo que más importa es que no se robe el dinero público, que haga rendir los impuestos que sus conciudadanos pagan –es decir que, mientras mantiene la nómina del gobierno en su mínima expresión, haga lo más posible con el resto de los recursos– y que siempre esté emprendiendo acciones que hagan crecer la economía de su comunidad.

En Guerrero, entre los primeros podría estar, por ejemplo, el gobernador que creó el programa de útiles escolares y uniformes gratuitos para todos los alumnos de educación básica del estado, que fue mal visto por sus críticos, porque los millones de pesos que el gobierno gastó en ello, poco o nada, contribuyeron a facilitar el crecimiento de la economía del estado, ni en modo alguno sentaron las bases para su desarrollo posterior, como si lo habrían hecho carreteras, puentes o edificios escolares, por su perdurabilidad y valor de uso.

Pero hay algo en lo que los ciudadanos seguramente coinciden: no puede ser buen gobernante quien no contiene la delincuencia que horroriza y ofende, que causa dolor y pérdidas, y que se apropia en un santiamén de los ahorros o esfuerzos de toda una vida.

El hecho es que mientras más alto es el índice delictivo, peor es la imagen pública del gobernante, aun si su gestión no es directamente responsable de la criminalidad.

Es lo que, en términos generales, sucede con los gobernadores de los estados, si bien algunos se esfuerzan con denuedo en imponer la ley y hacer la parte que les corresponde, que es de carácter preventivo cuando se trata de delitos de alto impacto social y económico, la gran mayoría de ellos de carácter federal.

Algunos no sólo cumplen su obligación de prevenir y perseguir delitos, sino que van más allá, hasta proponer soluciones de raíz para crímenes de gran complejidad, entre ellos el narcotráfico, como Héctor Astudillo, que hace dos años propuso la despenalización de la amapola con fines medicinales, para abatir la violencia en torno a su cultivo y comercialización.

No es el caso de todos, por supuesto. Entre los gobernadores hay también delincuentes que se benefician del río revuelto de la criminalidad desbordada.

Pero la mancha no es menor: los malos resultados en materia de seguridad pública llevaron a la derrota primero al PAN, tras la gestión del presidente Felipe Calderón, y luego al PRI, debido a los escasos logros que en este tema presentó el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Para desgracia de los gobernadores cumplidos, las decisiones federales al respecto están por completo fuera de su alcance. Pero sus efectos los golpean de lleno. n