Circo, maroma y teatro

Escrito por  Oct 25, 2018

Con todo y que las cifras que presentó ayer el delegado en Guerrero del Instituto Nacional de Migración (INM), Jaime Francisco Ramírez Garrido Abreu –que permiten prever un incremento de 25 por ciento, entre el año pasado y éste, en la cifra de guerrenses deportados o repatriados de Estados Unidos a México–, son, por lo menos, preocupantes, el fondo del asunto está en otras coordenadas del mapa político mundial.

Según los datos proporcionados en este puerto por el funcionario federal, el año pasado fueron 16 mil los deportados, y este año su número cerrará en más de 20 mil, pues durante lo que ya ha transcurrido de 2018 los guerrerenses obligados a volver suman 17 mil.

Todos ellos son enviados a Acapulco, por ser ésta la ciudad más grande del estado. Entre ellos hay quienes han vivido en el país del norte desde niños, para quienes el regreso a la tierra natal es aun más difícil y azaroso, pues llegan sin familiares, ni amigos, ni conocidos, sin trabajo, sin una red social de apoyo y sin consuelo. Sería interesante saber qué sucede con ellos desde su llegada a estas tierras sureñas.

En unos casos, cuando fueron llevados más allá de las fronteras, Acapulco era el paraíso que describía de manera muy engañosa la publicidad oficial; tal vez, en otros casos, ya era el infierno que ahora es, si bien no tan ardiente como hoy. Sea como haya sido, todos ahora llegan al escenario de una cruenta guerra entre criminales de organizaciones grandes o pequeñas, de particulares y del gobierno, cada una de las cuales trata de quedarse con un negocio muy lucrativo, por cuyo margen de utilidad bien vale la pena poner en juego la vida y atentar contra la de los demás.

Es, a no dudarlo, una de las consecuencias de la política nacional-populista de derecha del presidente Donald Trump, el mismo que, con todo descaro, usó en su campaña electoral, sigue usando –para la campaña electoral de los candidatos de su partido, el Republicano, rumbo al Congreso de su país– y usará para su relección, a los migrantes como un elemento propagandístico para presentarse como el salvador de su país.

Pero, con ser los migrantes meros peones de su ajedrez, su contención no es el objetivo real, sino el establecimiento de políticas dirigidas a profundizar la penetración del neoliberalismo no sólo como filosofía y aspiración, sino como entramado legal que permita llevar al extremo la paradoja neoliberal: que un puñado cada vez más reducido de personas sea cada vez más rico, y que una muchedumbre cada vez más numerosa sea cada vez más pobre.

Como pruebas, ahí están el relajamiento de la regulación bancaria que introdujo el presidente Barak Obama después de la crisis financiera mundial de 2008, la reforma fiscal que redujo 14 puntos porcentuales el ISR –lo cual incrementó el margen de utilidad de empresas y corporaciones, en perjuicio de las finanzas públicas y, por ende, de los programas dirigidos a la población pobre– y el relajamiento de las restricciones ambientales, para que los consorcios de la industria extractiva, una de las más contaminantes del planeta, puedan volver a ganar montones de dinero, como antes.

Para eso, para tener todas las herramientas para llevar a cabo ese nefasto plan del neoliberalismo es que necesita la mayoría en el Congreso de su nación, que será renovado este 6 de noviembre.

Y también para eso necesitaba –y lo logró– imponer a su candidato, el juez ultraconservador Brett Cavanaugh, en la Corte Suprema.

Los migrantes y el muro son sólo la pantalla del circo montado por el sector más retrógrado y derechista de Estados Unidos, perfectamente representado por su presidente esquizofrénico y patán, Donald Trump. n