¿Incapacidad o rapacidad?

Escrito por  Nov 14, 2018

Si no resultara dramático y hasta patético, parecería cómico el hecho de que la alcaldesa Adela Román Ocampo tenga que “pedir limosna” a los gobiernos estatal y federal, como ella mismo lo dijo en un evidente arranque de desesperación, para sacar adelante a Acapulco.

El de Román Ocampo no es el único caso en que el alcalde saliente entrega las finanzas municipales en bancarrota; la rapiña ocurre cada tres años.

El presidente entrante tiene que hacer toda suerte de peripecias para salir airoso del trance para, al final de la administración, entregar igual: un ayuntamiento saqueado, ultrajado.

El síndico administrativo, Javier Solorio Almazán, muestra una radiografía de las secuelas de la rapacidad: dio a conocer que el representante de la empresa calificadora de finanzas gubernamentales le informó que Acapulco tiene una calificación BB+, que significa alto riesgo de incumplimiento de sus compromisos financieros, lo que lo limita para atraer inversión.

Dijo que la empresa sugirió como solución para sacar el bote a flote, que se cubran adeudos con la CFE, el Issspeg y el SAT –por no haber pagado el ISR–, que suman unos mil 500 millones de pesos.

Las críticas podrían derivarse hacia el Congreso local recurriendo al argumento de que no elabora leyes que impidan a los alcaldes arrasar con las arcas municipales y manejar al ayuntamiento como su propio feudo para beneficiar a amigos, familiares y allegados.

Hacerlo, sin embargo, sería ocioso, pues sería suficiente con que se aplicaran las ya existentes para evitar el latrocinio o para refundir a los saqueadores en prisión.

Una retahíla de acusaciones de manejos deshonestos recita cada alcalde entrante contra su antecesor, pero extrañamente nada sucede. El torrente de señalamientos cesa como un acto de magia, por un lado, en tanto las autoridades responsables de fiscalizar a los ayuntamientos –Auditoría Superior del Estado, Auditoría Superior de la Federación y regidores– se mantienen al margen, silenciosas, impávidas e inmóviles: la complicidad, la corrupción y la impunidad afloran en toda su expresión.

El ayuntamiento de Acapulco tampoco es el único; es, eso sí, el caso más evidente del desorden y el pillaje; tampoco en las demás alcaldías ocurre algo que detenga el bandidaje.

¿Qué pasará con la alcaldía acapulqueña? Nada, absolutamente. La nave podrá despegar sin mayores problemas; no faltará quien la saque del despeñadero y la remolque hacia la pista de aterrizaje para levantar el vuelo. Igual en los demás ayuntamientos. Ninguna novedad. Novedad sería que al final del actual trienio los actuales presidentes rompieran la cadenita y sirvieran de ejemplo a los que vendrán. n