Barbarie en Taxco

Escrito por  Nov 20, 2018

Ya parece inútil reflexionar sobre los diversos aspectos de la violencia que castiga a Guerrero y a México, cada vez con más saña, si se puede. Pero si de algo sirve, sería conveniente puntualizar que el grave incidente ocurrido este domingo en San Juan Tenería constituye una prueba más, si bien más contundente que muchas otras, de cuán fallida o incluso inexistente resultó ser la estrategia de seguridad pública del gobierno federal que ya se va y del estatal que se apresta a cumplir la segunda mitad de su mandato.

Resulta casi increíble que con tanta experiencia acumulada acerca de los hábitos de los grupos delictivos, la policía estatal siga siendo víctima de emboscadas y ataques tan expeditos y desembarazados como el que sufrió su patrulla en Taxco este domingo. Este podría ser el primer aprendizaje del incidente: que a pesar de que podría ir un paso delante de los delincuentes –pues existe tecnología y táctica para ello–, la policía va un paso atrás.

El hecho también demuestra la vacuidad de la consabida promesa que las autoridades hacen siempre en estos casos: “vamos a reforzar la seguridad”, dicen siempre, y se han pasado años “reforzando la seguridad” sin lograr objetivos apreciables.

De paso, el incidente también demuestra cuán equivocada es aquella tesis de que pactando con los criminales se lograría su pacificación, una especie de repartición del territorio con normas claras para que todos estén en paz.

¿Con quién se habría de entender la autoridad para lograr tal acuerdo? Si se tratara en todos los casos de grupos tan organizados como los que se hacen llamar policías comunitarios que ingresaron a sangre y fuego a poblados de Leonardo Bravo hace días, cabría la posibilidad de un entendimiento. Pero si se trata de grupos como el que atacó en Taxco, que no se detuvo a considerar la monstruosidad que significa atacar a mansalva y por igual a policías, a socorristas de la Cruz Roja y a pobladores de San Juan Tenería, entonces tal diálogo no tendría ningún futuro. Si el criminal en cuestión no tiene la suficiente capacidad para comprender cuan inútiles o injustificables o indefendibles son ciertos actos de agresión, no tiene caso ni intentarlo, simplemente porque su falta de escrúpulos, de contención o de códigos de ética ya constituyen por sí solos una seria falta de garantía para el cumplimiento de sus compromisos.

Es bien sabido que muchos criminales tienen códigos de comportamiento. Al principio de esta barbarie, hace unos 20 años, una de las normas de más valor era no meterse con la familia del rival, si bien después fue roto y quedó invalidado.

Dos de las normas oficiales son no atacar a civiles inocentes y no atacar a los socorristas, que constituyen un elemento neutral imprescindible para todas las partes de un conflicto. Más mal que bien, las han respetado. Claro, de vez en cuando hace su aparición un grupo que no sabe de normas, de honor, de códigos, ni de éticas, y profundiza la crisis.

Además, pactos ya los hay, según se ha estado revelando en el llamado juicio del siglo, de Joaquín Guzmán Loera, en una corte de Nueva York. Pero, por supuesto, son pactos entre criminales y policías y militares de alto nivel. n